El 29 de noviembre de 2012 se cumplirán 23 años de mi llegada a Puno para postular a una plaza de contrato en la Carrera Profesional de Periodismo (hoy denominada, agárranse con el nombre autoestimero-marketero, Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación Social). El día exacto lo tengo claro como si fuese un letrero luminoso de neón en la puerta de ingreso de mis sentimientos, porque coincide con el nacimiento de mi adorado primer hijo.
Al llegar a la carrera, encontré un clima bastante peculiar. Se trataba de una especialidad creada artificialmente como consecuencia de un convenio entre la Asociación Nacional de Periodistas y la Universidad Nacional del Altiplano que pretendía ofrecer el título universitario de periodista a los egresados de la Escuela de Periodismo Jaime Bauzate y Meza, en ese entonces sin rango universitario. Es decir, los periodistas prácticos limeños serían profesionalizados mediante un convenio con una universidad provinciana que no tenía una unidad académica pertinente y mucho menos una plana docente de periodistas o comunicadores. Creo que las suposiciones maliciosas que pueden surgir de ese pequeño gran detalle, dan bastante tela para cortar. No por los personajes involucrados, sino por la centenaria práctica nacional de obtener beneficios fáciles, rápidos y cómodos de la precariedad institucional de la educación superior en el interior del país. La descripción no quita el interés de algunos de los involucrados en el convenio de implementar la profesionalización con prestigiosos docentes capitalinos.
De ese origen tan poco universitario emergió la Carrera Profesional de Periodismo. Al llegar encontré a cuatro profesores, uno comunicador egresado de la U. de Lima (Alain) y tres relacionistas públicos (Fermín, René y César). Supe también que habían contratado 20 días antes a dos más (Mario y Javier), también relacionistas públicos. La plantilla de profesores era agradable y sencilla, quien desentonaba era Alain, puneño, periodista deportivo y formado en Lima. Recuerdo que dejó el curso de Semiótica, pues yo pasaba a enseñarlo.
Más curiosidades. Los estudiantes gobernaban la carrera. Tenían más temple y perspectiva que sus profesores. Las deplorables condiciones de su formación los habían forjado recios y reclamones. En el poco tiempo que tenía la carrera, ya habían tachado a tres profesores (dos relacionistas, Galo y César, y una periodista, Consuelo). Precisamente ingresé en la plaza de Galo. Recuerdo claramente mi clase modelo, fue en el frígido e "histórico" sótano. Yo venía de Arequipa con las alforjas cargadas luego de sustentar mi tesis con una exitosa felicitación pública. Nunca sabré si me contrataron porque no quedaba otra opción, ante los tachados, o porque era periodista y hacía falta, o porque demostré tener condiciones. Lo cierto es que el jurado me desaprobó y dio como ganador a un sociólogo (Ceferino). La presión de los estudiantes al día siguiente me impuso como profesor. Queda claro que mi ingreso como contratado es un buen ejemplo de quién tenía las riendas de la carrera. El movimiento estudiantil que encontré estaba encabezado por un estudiante (de la primera promoción) que, desde el principio, me cayó en cariño y simpatía pero que parecía una encarnación: pequeño, moreno, delgado, dolicocéfalo, encorvado, atrevido, de voz engolada y de fuerte personalidad. En buena cuenta, él y su séquito de amigos eran la dirección de estudios real. Con el tiempo supe que todos ellos eran de mi misma edad o mayores, uno de los motivos por el que mantuve mi ralo bigote, en aquellos tiempos.
La carrera no tenía laboratorios, únicamente una radiograbadora (de las que los campesinos amarran a sus bicicletas) y un pequeño televisor a colores (de los que los comerciantes usan en sus puestos de venta). Durante esos primeros años, pese a las carencias, fui muy feliz como profesor. Fue la oportunidad de mi vida. Había tantas cosas por hacer y cuestionar.
Recuerdo los primeros cinco cursos que asumí. Y los tengo grabados en mi memoria. Semiótica y Semiología (Dios, qué nombre, dijeron que para concordar entre la corriente francesa e inglesa) en segundo año; Diagramación y Artes Gráficas (supongo que la denominación buscaba lo mismo: dos en uno) en tercer año; Producción de programas de Radio y Televisión (para morir: el único curso de medios) en cuarto; Ética y Deontología (otra vez el "combo" de dos en uno) en quinto año y, el curso que moría en ese entonces por enseñarlo hasta que el mundo se acabe, Comunicación Popular (germen de la hoy comunicación para el desarrollo), también en quinto año. Como se puede deducir, meridianamente, no asumí ningún curso directamente relacionado con la práctica del Periodismo.
En verdad, era demasiado joven para ser profesor universitario, tenía 24 años y una limitada experiencia profesional; pero creo que mi juventud y mis ideas se juntaron con las de los demás y trabajamos por sacar adelante a la carrera. Desde el principio amé lo que hacía y sigo vibrando, como hace 23 años, cuando en el salón, el taller o los pasillos, las miradas de mis alumnos se encuentran con la mía. En ese momento, casi divino recibo la energía que mueve mi ser de profesor y le encuentro sentido a vivir junto al lago sagrado de los Incas, a 3823 msnm, lejos de mis seres amados, rumiando mi soledad y solo con la compañía de los libros y laptop.
En 1994 el azar, sí el azar, me colocó como jefe de la oficina de relaciones públicas de la UNA-Puno. Yo no tenía porqué asumir ese cargo. No asistí jamás a las reuniones del grupo de "los fachos" (uno de los dos grupos políticos de intereses que se alterna el poder institucional con "los perros"), donde se "cocinan los cargos", razón última y fundamental por las que un profesor universitario participa en política. Dicen que me incluyeron en la terna para demostrar que el grupo sí toma en cuenta a los profesionales del área. Si fuese así, entonces, debieron considerar a alguno de los tantos colegas relacionistas públicos y no a mí. Nuevamente, los estudiantes tuvieron que ver con mi elección. Fui electo en consejo universitario por culpa del voto en bloque de todo el tercio estudiantil. Así empezó una experiencia alucinante y descabellada: Eland Vera de relacionista público. Cuando estudiaba en la facultad de comunicación, jamás pasó por mi cabeza estudiar relaciones públicas. Lo mío era una fe ciega con la profesión que dice las "verdades", con la profesión de la escritura desaforada y diaria, con el trabajo de los alfiles de los de abajo y el sueño que los medios puede ser armas para la educación y la liberación humana.
No sé que tan bien o mal jefe de relaciones públicas fui, para mí solo tuve un mérito del cual me siento "orgulloso como el Misti" (así dicen los arequipeños): el proyecto CECUNA, radio y televisión universitaria. Ese proyecto se cristalizó gracias a la voluntad política de los "fachos" que gobernaban la universidad y a la asesoría técnica, oportuna y calificada de un hombre bueno y loco (como supongo deben ser los seres humanos): Albino Ruiz Lazo. Sobre la historia de mi relación posterior con ese proyecto prefiero jalar la cadena.
La carrera creció, como debía ser, pero sigo creyendo que puede ser mejor. Espero que las próximas generaciones de profesores y alumnos sigan soñando con realismo. Es lo mínimo que debemos hacer.
25 de septiembre de 2012
23 de septiembre de 2012
UNA Columna y otras situaciones
Con el fin de no cumplir un año sin escribir en mi blog, he decidido reflexionar en voz alta sobre una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida: dirigir el periódico universitario UNA COLUMNA en la Universidad Nacional del Altiplano de Puno. En verdad no sé por dónde empezar, porque la experiencia tiene tantos pliegues y cada uno de ellos esconde conexiones sorprendentes con tantos otros fenómenos, problemas, satisfacciones, sorpresas y amarguras.
De arranque un reconocimiento merecido: la idea de editar el periódico surgió de mis colegas Rosario Vera y Dulio Palomino que obtuvo la generosa aceptación de los alumnos del Taller de producción impresa hace 2 años.
Es un periódico sui géneris por muchas razones, pero a la vez logra reflejar muchos rasgos propios de nuestras virtudes y carencias.
UNA COLUMNA se autofinancia con la cuota inicial de los alumnos matriculados y sobrevive con las ventas y la publicidad. Cada edición tiene un grupo distinto de alumnos que administran, editan, diagraman y coordinan con la imprenta. Con Dulio dirigimos el proceso general, y cumplimos el rol de facilitadores y orientadores. Mis alumnos saben muy bien que el periódico es de ellos, en todo sentido.
Pronto llegaremos al número 30 y durante este tiempo, el periódico ha informado y denunciado hechos de todo tipo, ocasionando en más de una oportunidad la reacción y corrección de faltas; pero también hemos sido objeto de crítica especialmente de profesores que cumplen funciones de autoridad. He comprobado in situ que muchas personas se consideran intocables por el hecho de haber alcanzado una posición jerárquica de poder. He constatado que la vena autoritaria es gruesa y goza de buena salud. He observado con qué comodidad algunas personas se sienten mejor como alfombras de los encumbrados. Por el contrario, la valentía y los temores, el compromiso, las amanecidas, los textos sabrosos y débiles, la osadía para tocar temas, la originalidad, el roche de la venta y la buena onda de mis alumnos son el elixir que me alimenta y me renueva todas las mañanas frías junto al lago. Nuestros anónimos lectores son un punto aparte. El periódico siempre se agota. Hasta tenemos dificultades para conservar ejemplares de archivo. El periódico nunca deja de venderse rápidamente.
Gracias a UNA COLUMNA he recibido la condecoración más singular y extraña de mi vida: un proceso administrativo disciplinario por incumplimiento de funciones direccionado claramente por el señor rector que en un arrebato de desesperación por el tono abiertamente crítico del periódico, no se le ocurrió mejor manera de vulgar amedrentamiento que magnificar una falta leve a niveles estratosféricos. Por este colega (empresario hotelero y folklorista de pasacalle) ahora encopetado en una inmerecida posición, siento una mezcla de lástima, asombro y preocupación. En fin, un profesor universitario más, alucinado por las mieles de la política que emplea como medio la posición autofabricada dentro de una institución estatal.
Pero, regreso a lo fundamental. El periódico es una manera de poner en práctica conocimientos y técnicas. Si algo tienen en común todas las promociones que he tenido a mi cargo, es que en la evaluación final manifiestan que al principio tenían muchos temores que gradualmente cedieron. Puede parecer un hecho simple, pero para mí es crucial. Quiero que mis alumnos ganen en seguridad, autonomía, confianza, emprendimiento y osadía. Quiero que vivan en la práctica que el periodismo es el aliado de la democracia, la tolerancia, la verdad, la justicia y la libertad. Quiero que entiendan que estudiar en una universidad pública los convierte en agentes comprometidos con el cambio y el desarrollo. No sé a ciencia cierta cuánto se estará logrando, pero nos queda la satisfacción de la labor cumplida, el desafío de la innovación y la mejora continua enmendando errores.
El destino fue generoso conmigo y siento que no devuelvo del todo. Antes de egresar de la universidad, allá en Arequipa, descubrí que me sentiría realizado si lograba ser profesor universitario (¡es tan fascinante serlo!). Nunca imaginé que antes de cumplir 25 años alcanzaría ese objetivo. Y nunca pensé que el lugar sería Puno, ese lugar-otro que encarna la unidad de medida de la subalternidad, la colonialidad, la exclusión, el estigma racial, los desafíos para los recios de cuerpo y espíritu. El lugar donde viven los atlantes del Abya-Yala y, para variar, el mágico lugar donde el amor volvió a mi ser.
De arranque un reconocimiento merecido: la idea de editar el periódico surgió de mis colegas Rosario Vera y Dulio Palomino que obtuvo la generosa aceptación de los alumnos del Taller de producción impresa hace 2 años.
Es un periódico sui géneris por muchas razones, pero a la vez logra reflejar muchos rasgos propios de nuestras virtudes y carencias.
UNA COLUMNA se autofinancia con la cuota inicial de los alumnos matriculados y sobrevive con las ventas y la publicidad. Cada edición tiene un grupo distinto de alumnos que administran, editan, diagraman y coordinan con la imprenta. Con Dulio dirigimos el proceso general, y cumplimos el rol de facilitadores y orientadores. Mis alumnos saben muy bien que el periódico es de ellos, en todo sentido.
Pronto llegaremos al número 30 y durante este tiempo, el periódico ha informado y denunciado hechos de todo tipo, ocasionando en más de una oportunidad la reacción y corrección de faltas; pero también hemos sido objeto de crítica especialmente de profesores que cumplen funciones de autoridad. He comprobado in situ que muchas personas se consideran intocables por el hecho de haber alcanzado una posición jerárquica de poder. He constatado que la vena autoritaria es gruesa y goza de buena salud. He observado con qué comodidad algunas personas se sienten mejor como alfombras de los encumbrados. Por el contrario, la valentía y los temores, el compromiso, las amanecidas, los textos sabrosos y débiles, la osadía para tocar temas, la originalidad, el roche de la venta y la buena onda de mis alumnos son el elixir que me alimenta y me renueva todas las mañanas frías junto al lago. Nuestros anónimos lectores son un punto aparte. El periódico siempre se agota. Hasta tenemos dificultades para conservar ejemplares de archivo. El periódico nunca deja de venderse rápidamente.
Gracias a UNA COLUMNA he recibido la condecoración más singular y extraña de mi vida: un proceso administrativo disciplinario por incumplimiento de funciones direccionado claramente por el señor rector que en un arrebato de desesperación por el tono abiertamente crítico del periódico, no se le ocurrió mejor manera de vulgar amedrentamiento que magnificar una falta leve a niveles estratosféricos. Por este colega (empresario hotelero y folklorista de pasacalle) ahora encopetado en una inmerecida posición, siento una mezcla de lástima, asombro y preocupación. En fin, un profesor universitario más, alucinado por las mieles de la política que emplea como medio la posición autofabricada dentro de una institución estatal.
Pero, regreso a lo fundamental. El periódico es una manera de poner en práctica conocimientos y técnicas. Si algo tienen en común todas las promociones que he tenido a mi cargo, es que en la evaluación final manifiestan que al principio tenían muchos temores que gradualmente cedieron. Puede parecer un hecho simple, pero para mí es crucial. Quiero que mis alumnos ganen en seguridad, autonomía, confianza, emprendimiento y osadía. Quiero que vivan en la práctica que el periodismo es el aliado de la democracia, la tolerancia, la verdad, la justicia y la libertad. Quiero que entiendan que estudiar en una universidad pública los convierte en agentes comprometidos con el cambio y el desarrollo. No sé a ciencia cierta cuánto se estará logrando, pero nos queda la satisfacción de la labor cumplida, el desafío de la innovación y la mejora continua enmendando errores.
El destino fue generoso conmigo y siento que no devuelvo del todo. Antes de egresar de la universidad, allá en Arequipa, descubrí que me sentiría realizado si lograba ser profesor universitario (¡es tan fascinante serlo!). Nunca imaginé que antes de cumplir 25 años alcanzaría ese objetivo. Y nunca pensé que el lugar sería Puno, ese lugar-otro que encarna la unidad de medida de la subalternidad, la colonialidad, la exclusión, el estigma racial, los desafíos para los recios de cuerpo y espíritu. El lugar donde viven los atlantes del Abya-Yala y, para variar, el mágico lugar donde el amor volvió a mi ser.
31 de octubre de 2011
Grados académicos, los modernos títulos nobiliarios
En el medio en el que me desenvuelvo, como profesor de universidad pública en el Perú, he atestiguado insistentemente el desproporcionado valor simbólico y real que se otorga a los grados académicos de doctor y/o maestro como etiquetas de prestigio, distinción ante los demás y superioridad contundente. Tal vez mi testimonio personal podría servir de comprobación. Luego de concluir mis estudios de doctorado, retorné a la pequeña ciudad peruana donde trabajo, Puno, a más de 3800 msnm. Una vez en mis funciones, súbitamente los trabajadores administrativos que durante años me trataron como "profesor Eland" e incluso mi nombre a secas, ahora me llamaban "doctor". Les reproché cortés y alegremente el cambio, pero argumentaron que lo hacían por respeto, que "a algunos les gusta" ser tratados así y propiamente que ya no era el mismo.
Para acrecentar mi incertidumbre, me iba encontrando con alumnos antiguos y dale con lo mismo. Ya no era su profesor de hace tantos años, ahora estaba en otra dimensión, había adquirido un status diferente y superior. Por mi parte de nada servían mis aclaraciones y pedidos por un trato horizontal y amical, sencillamente dejé de ser profesor universitario.
En un arrebato de desesperación empecé a plantear en clases que las personas no valemos por el grado académico obtenido en los estudios de postgrado, inclusive desafié a mis alumnos para que descolonicen sus mentes y simplemente me digan Eland. Uno de los alumnos, dentro de los más sensibles del salón, me dijo que no lo podía hacer y no lo iba ni siquiera a intentar, pues a él le habían enseñado desde pequeño a "respetar" a sus "superiores" y que yo no estaba a la altura de él. Me desesperé más y apliqué una sencilla estrategia pidiendo los DNI de todos los asistentes, saqué el mío y lo mezclé entre todos; dediqué minutos a la perorata de la herencia colonial, al imaginario colonial y la tutela autoritaria. Pero era imposible, yo seguía siendo "el doctor", ya no era el profesor de antaño.
Con el tiempo comprendí que estaba arando en el desierto, que mis alumnos más bien se sorprendían de mi (supuesta) falsa modestia.¿Estaba loco pidiendo semejante aberración de igualdad básica? Recordé mi propia experiencia y encontré en el pasado algunas pistas. Cuando era alumno de la Facultad de Derecho de la universidad pública de mi ciudad natal, Arequipa, todos los abogados eran "doctores", hasta ahí algo normal en el Perú. Pero cuando iba en las noches a mis clases de Periodismo, en la universidad privada, los profesores eran "Victor", "Raul", "Pepe"; pero había uno que había alcanzado un doctorado (no sé dónde y de qué) y cuando la delegada de clases (bellísima morena descendiente de Rosa Noguera) le dijo "profe", el pequeño profesor de Sociología le aclaró bruscamente que "era" doctor y que debería "aprender a tratar a las personas".
En fin, los grados académicos para algunos se alcanzan con la finalidad de prestigiarse como personas ante los demás, para ascender en el imaginario status de una pirámide cruelmente desigual y discriminatoria. Es decir, algunos de los profesionales que conozco con grado de doctor, son modernos príncipes, duques, condes o marqueses dependiendo de cuán lejos tuvieron que viajar para alcanzar ese título de nobleza.
Escribo estas líneas porque alguien, muy querido para mí, me alentó a plasmar mis ideas sobre el asunto.
17 de agosto de 2011
Universitarios marcharán el domingo como soldados
Autoridades apuestan por la tutela y la domesticación como homenaje al aniversario de la Universidad Nacional del Altiplano
Seguramente usted amable lector considera que los festejos de aniversario de cualquier institución son más interesantes cuando los integrantes de la organización desfilan de modo disciplinado, uniformados con un solo color y con un tronador paso castrense. Seguramente hasta es emocionante y admirable.
Muy poquísimas personas se detienen a pensar que ese “acto institucional” es uno de los más extraordinarios mecanismos de reforzamiento del autoritarismo, del culto a la obediencia y la sumisión, y uno de los ataques más devastadores a la libertad individual. El desfile (semi) militar realizado por personas ajenas a la vida castrense cumple la función del disciplinamiento de la vida social. Educa para el sometimiento, instruye de manera perversa sobre cómo debemos comportarnos en nuestro diario vivir, es decir, conscientes de que es natural y altamente positivo que “marchemos a un solo ritmo” siguiendo las órdenes de “alguien” que decide lo bueno y lo justo para nosotros.
La obligatoriedad de la marcha castrense para un ciudadano, es rebajarlo miserablemente a la condición de sujeto tutelado por los superiores, es producir un sujeto dependiente y dócil. Y por tal motivo manipulable.
Se trata de un cuadro monstruoso, perverso y disfuncional, si las órdenes para desfilar como soldados domesticados vienen de una autoridad universitaria. Pues la Universidad como institución de educación superior, precisamente es uno de los pocos espacios –en una sociedad como la nuestra- para la libertad de pensamiento, el culto a la vida civilizada y el respeto a la dignidad humana. En la Universidad se potencia la autonomía creadora.
No existe universidad en el planeta que se precie de ser tal, que exija a los estudiantes a marchar como soldados y, peor aún, en el colmo de la inmoralidad y pisoteando principios éticos universales, informarles que la marcha castrense tendrá una bonificación en el contenido actitudinal de su formación. ¿Cuál es la actitud positiva que esconde un desfile castrense de jóvenes universitarios? Seguramente la obediencia y la docilidad. ¡Qué lejos nuestros universitarios de sus pares chilenos!
La tutela para concluir
Guillermo Nugent, uno de los más destacados cientistas sociales de América Latina, ha venido desarrollando una explicación al (des)orden social latinoamericano y peruano, obviamente. Aunque parezca paradójico, el hallazgo sorprendente es que el (des)orden, si bien proviene de la tradición autoritaria y la herencia colonial enquistada en la mente de los ciudadanos latinoamericanos, tiene un soporte vertebral que lo alimenta y lo reproduce. Nugent lo ha llamado Orden Tutelar, es decir, las relaciones sociales en el Perú se constituyen en la inferiorización del Otro, a través de la imposición de la tutela sobre un imaginario (o real) menor de edad que “necesita” (permanentemente) ser disciplinado. De ese modo se garantizan las relaciones asimétricas, verticales y de sujeción que permiten la vida social de los peruanos. Unos arriba y otros abajo, como algo natural y aprovechable.
Lo peor de todo es que el propio Nugent responsabiliza a quienes asumen estilos de tutela castrense, de reproducir una convivencia antidemocrática y desigual. Así que, amable lector, si usted es de los que disfruta viendo marchar a ciudadanos (o miembros de su institución) es porque dentro de su ser existe un potencial caudillo autoritario y/o candidato que buscará tarde o temprano presas para tutelar, domesticar y sentirse, al fin, por encima de los demás.
Seguramente usted amable lector considera que los festejos de aniversario de cualquier institución son más interesantes cuando los integrantes de la organización desfilan de modo disciplinado, uniformados con un solo color y con un tronador paso castrense. Seguramente hasta es emocionante y admirable.
Muy poquísimas personas se detienen a pensar que ese “acto institucional” es uno de los más extraordinarios mecanismos de reforzamiento del autoritarismo, del culto a la obediencia y la sumisión, y uno de los ataques más devastadores a la libertad individual. El desfile (semi) militar realizado por personas ajenas a la vida castrense cumple la función del disciplinamiento de la vida social. Educa para el sometimiento, instruye de manera perversa sobre cómo debemos comportarnos en nuestro diario vivir, es decir, conscientes de que es natural y altamente positivo que “marchemos a un solo ritmo” siguiendo las órdenes de “alguien” que decide lo bueno y lo justo para nosotros.
La obligatoriedad de la marcha castrense para un ciudadano, es rebajarlo miserablemente a la condición de sujeto tutelado por los superiores, es producir un sujeto dependiente y dócil. Y por tal motivo manipulable.
Se trata de un cuadro monstruoso, perverso y disfuncional, si las órdenes para desfilar como soldados domesticados vienen de una autoridad universitaria. Pues la Universidad como institución de educación superior, precisamente es uno de los pocos espacios –en una sociedad como la nuestra- para la libertad de pensamiento, el culto a la vida civilizada y el respeto a la dignidad humana. En la Universidad se potencia la autonomía creadora.
No existe universidad en el planeta que se precie de ser tal, que exija a los estudiantes a marchar como soldados y, peor aún, en el colmo de la inmoralidad y pisoteando principios éticos universales, informarles que la marcha castrense tendrá una bonificación en el contenido actitudinal de su formación. ¿Cuál es la actitud positiva que esconde un desfile castrense de jóvenes universitarios? Seguramente la obediencia y la docilidad. ¡Qué lejos nuestros universitarios de sus pares chilenos!
La tutela para concluir
Guillermo Nugent, uno de los más destacados cientistas sociales de América Latina, ha venido desarrollando una explicación al (des)orden social latinoamericano y peruano, obviamente. Aunque parezca paradójico, el hallazgo sorprendente es que el (des)orden, si bien proviene de la tradición autoritaria y la herencia colonial enquistada en la mente de los ciudadanos latinoamericanos, tiene un soporte vertebral que lo alimenta y lo reproduce. Nugent lo ha llamado Orden Tutelar, es decir, las relaciones sociales en el Perú se constituyen en la inferiorización del Otro, a través de la imposición de la tutela sobre un imaginario (o real) menor de edad que “necesita” (permanentemente) ser disciplinado. De ese modo se garantizan las relaciones asimétricas, verticales y de sujeción que permiten la vida social de los peruanos. Unos arriba y otros abajo, como algo natural y aprovechable.
Lo peor de todo es que el propio Nugent responsabiliza a quienes asumen estilos de tutela castrense, de reproducir una convivencia antidemocrática y desigual. Así que, amable lector, si usted es de los que disfruta viendo marchar a ciudadanos (o miembros de su institución) es porque dentro de su ser existe un potencial caudillo autoritario y/o candidato que buscará tarde o temprano presas para tutelar, domesticar y sentirse, al fin, por encima de los demás.
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autoritarismo,
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reforma universitaria,
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24 de julio de 2011
¿Agenda oculta o pueblo oculto? Pensando la Nación Radical

“(…) expulsemos a los gringos malditos,
es la nueva voz.
Y si no quieren marcharse
echemos de la Madre Tierra
a esos satanaces, o matémolos
en nombre de Túpac Amaru
en nombre de Tupac katari (…)”
Feliciano Padilla, Hatariy wawqiy, 2009
Mario Vargas Llosa puede ser un punto de partida para pretender la comprensión de las recientes movilizaciones sociales contra la actividad minera en Puno. Nuestro Nobel no tuvo mejor idea para “desterrar” y “desaparecer” al capitán Pantoja, en las últimas páginas de Pantaleón y las visitadoras, que enviarlo al altiplano puneño. Para el lector atento queda impregnada la idea de que Puno es la “Siberia peruana”: el lugar alejado, frío y de castigo para el hombre y mujer de la costa. Vargas Llosa de ese modo contribuye con toda su genialidad a consolidar la potente idea que irriga las mentes de todos aquellos peruanos que no conocen ni viven en el altiplano: Puno la tierra extraña y desarraigada, el lugar-otro.
Pero el lugar-otro que paradójicamente solo debe servir como mina y paisaje en el proyecto excluyente de las élites nacionales, también es y ha sido el lugar de nacimiento de miles de peruanos que encarnan en su rudo rostro y en sus contradictorias costumbres sincréticas la conexión con una de las matrices milenarias y civilizatorias más cargadas de sentido en el mundo y, además, o por ese mismo motivo, son la manifestación viviente e inquietante del carácter escindido, bloqueado e inconcluso de la nación peruana.
Occidente, Puno y la rabia
Pues, hoy en Puno, como en buena parte del sur peruano, los hombres y mujeres que pretenden encarnar los dogmas civilizatorios de Occidente y del capitalismo multinacional o de consumo, requirieron y requieren de armarse de los más sólidos argumentos si desean rivalizar, persuadir y vencer a los peruanos-otros que viven a más de 3,800 msnm en una extraña comunión con el cosmos y la pobreza, y que ven en la mayor parte de las personificaciones de lo foráneo (Estado, empresa privada, medios de comunicación, transnacionales,minería, SUNAT, etc.) a un viejo y eterno antagonista al que odian por la explotación, la discriminación y la exclusión; corroen sus partes cuando les toca estar dentro de él y, simultáneamente, consumen convenientemente sus más avanzados logros; imitan su depredador individualismo, y disfrutan con su maquinaria de goce.
Los sujetos-otro del lugar-otro, sin embargo, pese a las tácticas ensambladas en siglos se resisten al papel de perdedores. La razón es sencilla “donde hay poder, hay resistencia” como sostuvo Foucault. Si los montes y los lagos del altiplano hablasen y tendrían memoria, seguramente nos contarían relatos de horror más descarnados que los narrados por José María Arguedas. Por ventura algunos hombres, historiadores y bibliotecas esperan la visita de los desinformados, para enjugar sus lágrimas luego de atestiguar la espantosa empresa colonizadora y depredadora.
Así, la rabia detrás de los latigazos, saqueos, linchamientos, incendios y toda forma de violencia vieja o por crearse, no proviene de demenciales “salvajes” enclaustrados en el pasado y que practican “ideologías absurdas y panteístas” (García dixit), son los sujetos-otro, por ansiosos, radicales, que buscan ser parte de un todo mayor que los incluya y los respete (por diferentes y vencidos) para respetar luego e integrarse, después. No en vano, el fantasma que ronda el altiplano es la idea fuerza de la reivindicación, expresión que en su origen latino significa reclamar o vengar por algo. Y la venganza quechua o aimara se remonta a un descomunal y violento despojo, anterior incluso a lo que hoy llamamos Perú.
Aduviri, el modelo y las posibilidades
Pese al estado actual de las pasiones, considero que el dirigente aimara Walter Aduviri, como lo fue en su momento Alberto Pizango, encarna el reclamo etnocultural de incorporación en el Estado nacional y el cuestionamiento al proyecto político de las élites que, fieles a su historia, consideran que el desarrollo se alcanza mediante el sometimiento a los poderes foráneos y el ofrecimiento incondicional de los recursos naturales. La película del modelo de desarrollo primario-exportador minero con cero valor agregado, fundamentado en el catecismo de la ideología neoliberal y en la defensa de la inversión extranjera no ha beneficiado a las poblaciones andinas y amazónicas, porque sencillamente el poder político ha jugado en pared con el capital transnacional y sus socios nacionales. De tal manera que los gobiernos de los últimos años renunciaron a dirigir al Estado cumpliendo la función de regulación que permite corregir el “natural” desequilibrio entre el mercado y la sociedad.
La llamada regionalización se mueve en ese tétrico marco, al que se agrega el centralismo, expresión desvestida de la desigualdad y las relaciones asimétricas. Por eso en Puno y en muchas regiones pobres, la población exhibe a flor de piel una comprensible ambivalencia entre elevadísimas expectativas ante cualquier oportunidad salvífica de cambio y el antídoto de la desconfianza que a veces lleva a la inmovilidad. Ante esa evidencia, cualquier receta es un fragmento, un despropósito, tal vez un acto de imprudencia.
Las vergonzosas experiencias con nuestras autoridades locales, regionales y congresistas, dejan en claro que sus agendas ocultas (personalistas y cuasi delictivas) se mantendrán, es casi un cáncer. Hay que asumirlo, es así. Se impone, entonces, al más puro estilo deportivo, abrir la “cancha” (sin descuidar la actitud fiscalizadora y de denuncia frente a la corrupción). En este juego de apertura hay que pasar de la agenda oculta de los piratas de la política a la visibilización de la agenda del pueblo oculto. ¿Cómo? Persuadiendo, propiciando (hasta organizando, al final de cuentas) la entrada efectiva al espacio público de la política regional de nuevos actores legitimados o legitimables por su solidez representativa, calificación de sus propuestas, limpieza ética, vocación de diálogo y trayectoria destacada que garanticen el imperio de la institucionalidad democrática como vía regia para alcanzar el desarrollo.
Estos actores, debe quedar claro, se caracterizarían por su naturaleza esencialmente institucional, gremial, comunal o colectivo. Por mucho tiempo hemos permitido, colaborado y hasta celebrado el ingreso a la política de sujetos providenciales y altamente personalistas. Incluso creemos que esa práctica significa renovación de la política, cuando en realidad somos los primeros en alimentar la aparición y apogeo de caudillos, siempre desarraigados y sinvergüenzas, que arman argollas –siempre perversas- para encumbrarlos y adularlos. Eso debe acabar, ya.
Con actores de naturaleza esencialmente democrático-institucional, su autoridad legítima y legitimada permitiría construir consenso, participación y diálogo social inclusivo, ciudadanía étnica e intercultural, orden y control territorial, dinamismo de las diversas actividades económicas, potencia negociadora con el Estado y los poderes fácticos, detención de la corrupción y, lo más importante, la aplicación de un proyecto integral de desarrollo regional que, al sostenerse en semejante solidez, gozaría de aceptación y duración en el tiempo. Tal vez de ese modo se alcanzaría lo posible y lo deseado… sin necesidad de asesinar a los “gringos malditos”.
es la nueva voz.
Y si no quieren marcharse
echemos de la Madre Tierra
a esos satanaces, o matémolos
en nombre de Túpac Amaru
en nombre de Tupac katari (…)”
Feliciano Padilla, Hatariy wawqiy, 2009
Mario Vargas Llosa puede ser un punto de partida para pretender la comprensión de las recientes movilizaciones sociales contra la actividad minera en Puno. Nuestro Nobel no tuvo mejor idea para “desterrar” y “desaparecer” al capitán Pantoja, en las últimas páginas de Pantaleón y las visitadoras, que enviarlo al altiplano puneño. Para el lector atento queda impregnada la idea de que Puno es la “Siberia peruana”: el lugar alejado, frío y de castigo para el hombre y mujer de la costa. Vargas Llosa de ese modo contribuye con toda su genialidad a consolidar la potente idea que irriga las mentes de todos aquellos peruanos que no conocen ni viven en el altiplano: Puno la tierra extraña y desarraigada, el lugar-otro.
Pero el lugar-otro que paradójicamente solo debe servir como mina y paisaje en el proyecto excluyente de las élites nacionales, también es y ha sido el lugar de nacimiento de miles de peruanos que encarnan en su rudo rostro y en sus contradictorias costumbres sincréticas la conexión con una de las matrices milenarias y civilizatorias más cargadas de sentido en el mundo y, además, o por ese mismo motivo, son la manifestación viviente e inquietante del carácter escindido, bloqueado e inconcluso de la nación peruana.
Occidente, Puno y la rabia
Pues, hoy en Puno, como en buena parte del sur peruano, los hombres y mujeres que pretenden encarnar los dogmas civilizatorios de Occidente y del capitalismo multinacional o de consumo, requirieron y requieren de armarse de los más sólidos argumentos si desean rivalizar, persuadir y vencer a los peruanos-otros que viven a más de 3,800 msnm en una extraña comunión con el cosmos y la pobreza, y que ven en la mayor parte de las personificaciones de lo foráneo (Estado, empresa privada, medios de comunicación, transnacionales,minería, SUNAT, etc.) a un viejo y eterno antagonista al que odian por la explotación, la discriminación y la exclusión; corroen sus partes cuando les toca estar dentro de él y, simultáneamente, consumen convenientemente sus más avanzados logros; imitan su depredador individualismo, y disfrutan con su maquinaria de goce.
Los sujetos-otro del lugar-otro, sin embargo, pese a las tácticas ensambladas en siglos se resisten al papel de perdedores. La razón es sencilla “donde hay poder, hay resistencia” como sostuvo Foucault. Si los montes y los lagos del altiplano hablasen y tendrían memoria, seguramente nos contarían relatos de horror más descarnados que los narrados por José María Arguedas. Por ventura algunos hombres, historiadores y bibliotecas esperan la visita de los desinformados, para enjugar sus lágrimas luego de atestiguar la espantosa empresa colonizadora y depredadora.
Así, la rabia detrás de los latigazos, saqueos, linchamientos, incendios y toda forma de violencia vieja o por crearse, no proviene de demenciales “salvajes” enclaustrados en el pasado y que practican “ideologías absurdas y panteístas” (García dixit), son los sujetos-otro, por ansiosos, radicales, que buscan ser parte de un todo mayor que los incluya y los respete (por diferentes y vencidos) para respetar luego e integrarse, después. No en vano, el fantasma que ronda el altiplano es la idea fuerza de la reivindicación, expresión que en su origen latino significa reclamar o vengar por algo. Y la venganza quechua o aimara se remonta a un descomunal y violento despojo, anterior incluso a lo que hoy llamamos Perú.
Aduviri, el modelo y las posibilidades
Pese al estado actual de las pasiones, considero que el dirigente aimara Walter Aduviri, como lo fue en su momento Alberto Pizango, encarna el reclamo etnocultural de incorporación en el Estado nacional y el cuestionamiento al proyecto político de las élites que, fieles a su historia, consideran que el desarrollo se alcanza mediante el sometimiento a los poderes foráneos y el ofrecimiento incondicional de los recursos naturales. La película del modelo de desarrollo primario-exportador minero con cero valor agregado, fundamentado en el catecismo de la ideología neoliberal y en la defensa de la inversión extranjera no ha beneficiado a las poblaciones andinas y amazónicas, porque sencillamente el poder político ha jugado en pared con el capital transnacional y sus socios nacionales. De tal manera que los gobiernos de los últimos años renunciaron a dirigir al Estado cumpliendo la función de regulación que permite corregir el “natural” desequilibrio entre el mercado y la sociedad.
La llamada regionalización se mueve en ese tétrico marco, al que se agrega el centralismo, expresión desvestida de la desigualdad y las relaciones asimétricas. Por eso en Puno y en muchas regiones pobres, la población exhibe a flor de piel una comprensible ambivalencia entre elevadísimas expectativas ante cualquier oportunidad salvífica de cambio y el antídoto de la desconfianza que a veces lleva a la inmovilidad. Ante esa evidencia, cualquier receta es un fragmento, un despropósito, tal vez un acto de imprudencia.
Las vergonzosas experiencias con nuestras autoridades locales, regionales y congresistas, dejan en claro que sus agendas ocultas (personalistas y cuasi delictivas) se mantendrán, es casi un cáncer. Hay que asumirlo, es así. Se impone, entonces, al más puro estilo deportivo, abrir la “cancha” (sin descuidar la actitud fiscalizadora y de denuncia frente a la corrupción). En este juego de apertura hay que pasar de la agenda oculta de los piratas de la política a la visibilización de la agenda del pueblo oculto. ¿Cómo? Persuadiendo, propiciando (hasta organizando, al final de cuentas) la entrada efectiva al espacio público de la política regional de nuevos actores legitimados o legitimables por su solidez representativa, calificación de sus propuestas, limpieza ética, vocación de diálogo y trayectoria destacada que garanticen el imperio de la institucionalidad democrática como vía regia para alcanzar el desarrollo.
Estos actores, debe quedar claro, se caracterizarían por su naturaleza esencialmente institucional, gremial, comunal o colectivo. Por mucho tiempo hemos permitido, colaborado y hasta celebrado el ingreso a la política de sujetos providenciales y altamente personalistas. Incluso creemos que esa práctica significa renovación de la política, cuando en realidad somos los primeros en alimentar la aparición y apogeo de caudillos, siempre desarraigados y sinvergüenzas, que arman argollas –siempre perversas- para encumbrarlos y adularlos. Eso debe acabar, ya.
Con actores de naturaleza esencialmente democrático-institucional, su autoridad legítima y legitimada permitiría construir consenso, participación y diálogo social inclusivo, ciudadanía étnica e intercultural, orden y control territorial, dinamismo de las diversas actividades económicas, potencia negociadora con el Estado y los poderes fácticos, detención de la corrupción y, lo más importante, la aplicación de un proyecto integral de desarrollo regional que, al sostenerse en semejante solidez, gozaría de aceptación y duración en el tiempo. Tal vez de ese modo se alcanzaría lo posible y lo deseado… sin necesidad de asesinar a los “gringos malditos”.
Publicado en: Cabildo Abierto Nro. 58-59 Julio 2011
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Puno: paradigma del desafío contemporáneo

Los sucesos recientes de Puno pusieron de manifiesto una vez más la condición bloqueada y escindida de nuestro país. La mirada limeñocéntrica dominante, que en ocasiones no solo es limeña, actuó gatillando una serie de prejuicios sobre los peruanos andinos y desinformación vergonzosa sobre datos geográficos o grupos étnicos. Al parecer algunos especialistas, políticos y medios de comunicación que precisamente están obligados a conocer e informar, prefieren colocar convenientemente bajo la alfombra ese mundo-otro de sujetos-otro en lugares-otro que nos recuerda periódicamente la lección irresuelta más difícil de nuestra vida republicana: el desafío de integración de un país multidiverso.
Y es que Puno, ese mundo-otro, hizo noticia porque no pocos pobladores de las provincias aimaras y quechuas se oponen a las concesiones mineras otorgadas sin consulta previa, a la contaminación de valiosas fuentes de agua dulce, a la debilidad y desidia de la presencia estatal, al desprecio a su abigarrado y formidable mundo cultural.
La región de Puno es uno de los puntos extraordinarios de interpelación sobre el contenido, pasado y futuro de la construcción de un proyecto nacional multidiverso. Aquí, a orillas del lago Titicaca, se atestigua la interacción de diferentes matrices culturales. Aimaras de diverso status social, nivel de instrucción, creencia religiosa, opción política, procedencia provincial y hasta distrital; junto a población quechua y mestiza con similares rasgos de distinción. Se trata de un mosaico que llega a su punto de ebullición y de expresión colectiva cada año en el mes de febrero, cuando más de 50,000 personas coinciden en una de las más bellas variantes de la utopía andina que integra religiosidad sincrética y goce celebratorio. Se trata de la fiesta a la Virgen de la Candelaria, pero que obviamente el inconsciente colectivo regional se da maña para adorar a la Madre Tierra, a la Pachamama. Buena prueba de ello, es el pobrísimo contenido católico de los rituales religiosos. Es una expresión sincrética y controlada por la orgullosa afirmación cultural. Pero ¿qué relación existe entre la utopía andina gozosa y las luchas antimineras encabezadas por los aguerridos aimaras de la zona sur de la región de Puno?
Una primera observación no encuentra ningún tipo de vínculo. Pero, los aimaras rebeldes de la zona sur de la región puneña se han levantado en defensa de la Madre Tierra o -para darle espacio a las críticas antiaimaras del movimiento- a favor de una explotación al margen del sistema y controlada por los propios pobladores de la zona. Es decir, siguiendo el razonamiento de la supuesta agenda oculta de los aimaras: “Si alguien tendría que beneficiarse de los frutos de la tierra, no son los extranjeros, ni el Estado nacional; sino nosotros que nos encontramos en estado de permanente reciprocidad con nuestra Madre Tierra”. Evidentemente la agenda explícita de los dirigentes y la población aimara publicitada a través de todos los medios no es esa; sino, se resume en “Agro sí, minas no”. Potente simplificación que va más allá de la simple enunciación. Pero, hemos incluido un argumento antiaimara con el único fin de favorecer un razonamiento mayor y que expondremos luego.
En el caso de la fiesta gozosa a la Pachamama (o a la principal deidad femenina de la religión católica), estamos ante una celebración típicamente urbano-andina. Los aimaras, quechuas y mestizos bailan fabulosas danzas con un fuerte acento de resistencia cultural o, para emplear la expresión de De Certeau, son “tácticas de los débiles”. En sentido estricto, los miles de puneños que danzan ante los turistas y frente a la deidad católica, se están burlando escandalosamente de Occidente, sencillamente están afirmando una perspectiva-otra, están produciendo un imaginario alternativo y singular. Inclusive quienes se reclaman católicos se sacuden del ritual católico tradicional y plantean jubilosamente una religiosidad, por sincrética, pagana.
Entonces, tanto los aimaras de la zona sur, como los puneños urbanos, pretenden confrontar/dialogar “a su manera” con la cultura dominante. Al encontrarse eslabonados en acto de reciprocidad entre ellos y con su deidad hiperterrenal, los puneños activan dispositivos festivos, retóricos o violentos de pugna creadora frente a todas las personificaciones de lo foráneo-occidental.
No se trata de una oposición destructiva con Occidente. En ambos casos, que pueden parecer contrarios y relacionados inapropiadamente, la población andina plantea una forma de interrelación y de negociación con los centros de poder. La lucha antiminera cuestiona el modelo primario exportador de extracción minera y plantea la importancia del desarrollo de la agricultura en la zona sur de la región altiplánica. La utopía gozosa, por su parte, cuestiona el modelo de dominación ideológica y plantea la importancia de la ritualidad andina en la vida cultural.
En ambos casos, estamos frente a una matriz civilizatoria en pugna y que se resiste a ser eliminada o sometida. El espacio de disputa, sea ideológico-religioso o político-económico, es un paradigma de los desafíos contemporáneos. La defensa obstinada de su acerado mundo vivencial, rituales y cuerpo de creencias, fundamentado en el sentido recíproco/complementario de la vida y la existencia es una de las reservas culturales más valiosas en la época del capitalismo tardío y la caída de la visión unilineal del progreso humano.
En ese sentido, el intelectual aimara y puneño Domingo Llanque Chana no lo pudo poner de mejor manera hace más de 20 años: “a partir de nuestra identidad cultural, los aymaras queremos contribuir a la construcción de un modelo social pluralista y multilingüe, que tenderá al reforzamiento de todos los sectores, tanto en lo económico como en lo político y en lo cultural” (1) . Llanque Chana estaba convencido y nos convenció que los valores culturales de los aimaras son un formidable soporte de sentido para la convivencia digna de lo diverso y la continuación de la vida en el planeta.
(1) Llanque Chana, Domingo (1990). La cultura aymara. Desestructuración o afirmación de la identidad. Lima-Puno: IDEA y Tarea
Publicado también en:
Servindi
Y es que Puno, ese mundo-otro, hizo noticia porque no pocos pobladores de las provincias aimaras y quechuas se oponen a las concesiones mineras otorgadas sin consulta previa, a la contaminación de valiosas fuentes de agua dulce, a la debilidad y desidia de la presencia estatal, al desprecio a su abigarrado y formidable mundo cultural.
La región de Puno es uno de los puntos extraordinarios de interpelación sobre el contenido, pasado y futuro de la construcción de un proyecto nacional multidiverso. Aquí, a orillas del lago Titicaca, se atestigua la interacción de diferentes matrices culturales. Aimaras de diverso status social, nivel de instrucción, creencia religiosa, opción política, procedencia provincial y hasta distrital; junto a población quechua y mestiza con similares rasgos de distinción. Se trata de un mosaico que llega a su punto de ebullición y de expresión colectiva cada año en el mes de febrero, cuando más de 50,000 personas coinciden en una de las más bellas variantes de la utopía andina que integra religiosidad sincrética y goce celebratorio. Se trata de la fiesta a la Virgen de la Candelaria, pero que obviamente el inconsciente colectivo regional se da maña para adorar a la Madre Tierra, a la Pachamama. Buena prueba de ello, es el pobrísimo contenido católico de los rituales religiosos. Es una expresión sincrética y controlada por la orgullosa afirmación cultural. Pero ¿qué relación existe entre la utopía andina gozosa y las luchas antimineras encabezadas por los aguerridos aimaras de la zona sur de la región de Puno?
Una primera observación no encuentra ningún tipo de vínculo. Pero, los aimaras rebeldes de la zona sur de la región puneña se han levantado en defensa de la Madre Tierra o -para darle espacio a las críticas antiaimaras del movimiento- a favor de una explotación al margen del sistema y controlada por los propios pobladores de la zona. Es decir, siguiendo el razonamiento de la supuesta agenda oculta de los aimaras: “Si alguien tendría que beneficiarse de los frutos de la tierra, no son los extranjeros, ni el Estado nacional; sino nosotros que nos encontramos en estado de permanente reciprocidad con nuestra Madre Tierra”. Evidentemente la agenda explícita de los dirigentes y la población aimara publicitada a través de todos los medios no es esa; sino, se resume en “Agro sí, minas no”. Potente simplificación que va más allá de la simple enunciación. Pero, hemos incluido un argumento antiaimara con el único fin de favorecer un razonamiento mayor y que expondremos luego.
En el caso de la fiesta gozosa a la Pachamama (o a la principal deidad femenina de la religión católica), estamos ante una celebración típicamente urbano-andina. Los aimaras, quechuas y mestizos bailan fabulosas danzas con un fuerte acento de resistencia cultural o, para emplear la expresión de De Certeau, son “tácticas de los débiles”. En sentido estricto, los miles de puneños que danzan ante los turistas y frente a la deidad católica, se están burlando escandalosamente de Occidente, sencillamente están afirmando una perspectiva-otra, están produciendo un imaginario alternativo y singular. Inclusive quienes se reclaman católicos se sacuden del ritual católico tradicional y plantean jubilosamente una religiosidad, por sincrética, pagana.
Entonces, tanto los aimaras de la zona sur, como los puneños urbanos, pretenden confrontar/dialogar “a su manera” con la cultura dominante. Al encontrarse eslabonados en acto de reciprocidad entre ellos y con su deidad hiperterrenal, los puneños activan dispositivos festivos, retóricos o violentos de pugna creadora frente a todas las personificaciones de lo foráneo-occidental.
No se trata de una oposición destructiva con Occidente. En ambos casos, que pueden parecer contrarios y relacionados inapropiadamente, la población andina plantea una forma de interrelación y de negociación con los centros de poder. La lucha antiminera cuestiona el modelo primario exportador de extracción minera y plantea la importancia del desarrollo de la agricultura en la zona sur de la región altiplánica. La utopía gozosa, por su parte, cuestiona el modelo de dominación ideológica y plantea la importancia de la ritualidad andina en la vida cultural.
En ambos casos, estamos frente a una matriz civilizatoria en pugna y que se resiste a ser eliminada o sometida. El espacio de disputa, sea ideológico-religioso o político-económico, es un paradigma de los desafíos contemporáneos. La defensa obstinada de su acerado mundo vivencial, rituales y cuerpo de creencias, fundamentado en el sentido recíproco/complementario de la vida y la existencia es una de las reservas culturales más valiosas en la época del capitalismo tardío y la caída de la visión unilineal del progreso humano.
En ese sentido, el intelectual aimara y puneño Domingo Llanque Chana no lo pudo poner de mejor manera hace más de 20 años: “a partir de nuestra identidad cultural, los aymaras queremos contribuir a la construcción de un modelo social pluralista y multilingüe, que tenderá al reforzamiento de todos los sectores, tanto en lo económico como en lo político y en lo cultural” (1) . Llanque Chana estaba convencido y nos convenció que los valores culturales de los aimaras son un formidable soporte de sentido para la convivencia digna de lo diverso y la continuación de la vida en el planeta.
(1) Llanque Chana, Domingo (1990). La cultura aymara. Desestructuración o afirmación de la identidad. Lima-Puno: IDEA y Tarea
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Blog de RIDEI
1 de junio de 2011
El comunicador frente al virus del poder autoritario en el Perú

Asumir la lectura del discurso de orden es un asunto bastante complicado, pues se trata de hablar de algo serio y/o profundo en una actividad ceremonial, donde el público debería estar dispuesto a escuchar un mensaje académico producto de la investigación y la reflexión, aunque todos preferiríamos que sea breve, interesante y comprensible. Espero siquiera alcanzar algo de profundidad, brevedad, interés y comprensión Y espero su consideración si no alcanzo el objetivo.
El título de mi intervención es EL COMUNICADOR FRENTE AL VIRUS DEL PODER AUTORITARIO. Divido mi exposición en tres partes. La primera referida a la comunicación, la segunda al poder y la tercera a la relación entre comunicación y poder.
En cuanto a la comunicación
De entrada quisiera romper lanzas con una práctica e idea bastante idealizada o ilusoria y poco reflexionada, por ser profesionalmente incorrecta ¿Cuál es? La creencia que la comunicación es una práctica permanente y universal. Planteada en forma de interrogante sería así ¿en realidad nos comunicamos de modo permanente? ¿en realidad todos nos comunicamos? Creo que todos responderán que sí, bueno quisiera discutir esa respuesta afirmativa.
Antes de responder a estas interrogante y cuestionar esta eventual respuesta afirmativa quisiera recordar dos aportes conceptuales que particularmente siempre me parecieron acertados, pero que se inscriben dentro de lo que se denomina como teorías normativas, es decir teorías que se hallan empeñadas en proponer, en sugerir un deber-ser, a veces de modo idealizado o utópico. Las teorías normativas nos sugieren modelos, esquemas, procedimientos o técnicas. En realidad se podría decir que las teorías normativas, más que teorías son normas éticas. Paréntesis, las teorías normativas son profundamente positivistas.
Dicho esto, quisiera mencionar a estas dos teorías normativas de la comunicación que siempre me fascinaron, me siguen fascinando, pero ahora de un modo más crítico y no tan romántico como hace años.
El primer planteamiento procede de Jean Cloutier, canadiense de origen francés, que ha inmortalizado la noción EMIREC, acrónimo de emisor y receptor. Cloutier sostiene que las personas simultáneamente somos emisores y receptores, y dice una verdad. Propone que la comunicación es relación entre emirecs en completa relación horizontal y simétrica. Cloutier ofrece una noción que pareciese venir del cielo enviada por Dios como un regalo divino. Nadie duda que lo ideal sería una comunicación completamente horizontal entre iguales, en la que la imposición del emisor-superior sobre el receptor-inferior sea anulada, pero cloutier olvida no sé si intencionalmente la fuerza del contexto social político económico, cultural y hasta religioso. Cloutier imagina el paraíso de emirecs en hermosa convivencia, una especie de comunismo comunicativo. Es decir estamos ante un planteamiento profundamente normativo, positivista y utópico. No lo niego, únicamente lo cuestiono. Tal vez un argumento a favor de cloutier sostenga que el internet y las redes sociales son el comunismo comunicativo, pero esa sería una tarea futura de investigación.
Pasemos al segundo planteamiento, proviene del mexicano Juan Jose Coronado. Coronado sostiene que la comunicación interpersonal, la comunicación interpersonal es el modelo teorético por excelencia para entender la comunicación en su conjunto. Es decir la comunicación cara a cara entre las personas es el modelo-base para entender todo el edificio de las comunicaciones. Aparentemente es acertado, pues nos dice que la comunicación interpersonal es la unidad mínima de medida del fenómeno comunicacional. Sin embargo, coronado al igual q cloutier aisla de manera espantosa la dimensión comunicativa del contexto. ¿cómo puede afirmar coronado que la comunicación cara a cara entre dos amigos es equiparable a la descomunal diferencia entre lo que dice el diario El Correo y algunos modestos ciudadanos que leen dicho periódico en el mercado Laykakota,? Solo por poner un ejemplo.
Como vemos ambos planteamientos, los cuales asumimos mucho comunicadores formados en universidades latinoamericanas, adolecieron de la supresión olvido o suspensión intencionada de la fuerza del contexto y principalmente de la fuerza del poder. Esos y otros planteamientos fueron tan normativos, estuvieron cargados de tanta ilusión y de muy poca confrontación con la crudeza de los hechos.
Tal vez una primera conclusión de esta primera parte sea que debemos tener mucho cuidado en ofrecer mucha teoría normativa. Paréntesis, a veces pienso que nuestra profesión está infectada de teorías normativas. Bien ahora pasemos a la segunda parte.
En cuanto al poder
Aquí quisiera matizar dos teorías que proviniendo de las ciencias sociales, son poco normativas y más bien profundamente enraizadas en los hechos y prácticas observables. Paréntesis, las teorías opuestas a las teorías normativas de denominan teorías empíricas. Y me voy a referir a dos teorías empíricas una pesimista y otra optimista.
Comienzo con el planteamiento pesimista del gran francés Michel Foucault, quizá el intelectual que ha investigado más profundamente el poder. A él le debemos una gran cantidad de conceptos innovadores, descarnados y potentes, como biopoder, gubernamentalidad, técnicas del yo, biopoder, disciplinamiento, poder pastoral y subpoder, que es el que me servirá para enfrentar las posiciones normativas de cloutier y coronado. El subpoder, es el poder pequeño en las relaciones sociales, el poder microscópico que se da, por ejemplo, entre el enamorado dominante y la enamorada sumisa, entre el jefe de la oficina y los empleados, entre el profesor que desaprueba por razones políticas y el alumno dirigente que aguanta en silencio y con rabia. Foucault es extraordinario, sostiene que el poder se halla tejido en cada uno de nosotros y no podemos, aun, escapar de él.
Al encuentro de Foucault surge la figura de otro francés, el historiador y filósofo Michel de Certeau, ambos eran amigos, pero tenían algunas ideas contrapuestas. De Certeau introduce un bellísimo concepto, del cual también estoy enamorado y que considero es el esfuerzo más elaborado para describir las respuestas de los débiles ante los poderosos. De Certeau no es muy creativo para denominar a su concepto sencillamente lo llama “tácticas del débil”, las tácticas de débil son las múltiples formas de negociación que el hombre de a pie establece con los poderosos, es una forma de contra-poder, por ejemplo, de uso creativo del consumo mediático, de prácticas escondidas, prácticas de superviviencia, pequeñas rebeliones, a veces graciosas, del hombre sencillo frente a las “estrategias del poderoso”. De Certeau siempre dirá “la gente no es idiota”. Paréntesis, creo que la más fascinante “táctica del débil” es, precisamente, autodenominarse “poderoso”.
Aquí cierro las dos primeras partes. Y después de cuestionar las teorías normativas de Cloutier y Coronado; y presentar las teorías empíricas de Foucault y De Certeau quisiera referirme al…
Rol del comunicador frente al poder autoritario en el Perú
Regresemos a Cloutier y Coronado, coincidamos que sus planteamientos normativos son un estupendo deseo, es decir, la comunicación interpersonal horizontal y simétrica que se puede reproducir a niveles superiores. Pero en la práctica humana y social funciona la siguiente afirmación: el tipo de comunicación expresa el tipo de sociedad. Entonces, preguntémonos ¿algún factor es común a las relaciones sociales y de comunicación en el Perú?
Estoy convencido, como lo están una larga lista de autores peruanos y peruanistas, que en el centro de las interacciones se halla algo que tiene muchos nombres, pero que en esencia es exactamente lo contrario a lo planteado por Cloutier, es decir una relación asimétrica y vertical. El historiador Flores Galindo la ha llamado “tradición autoritaria”, Julio Cotler la denominó hace mucho “herencia colonial”, Guillermo Nugent la llama “orden tutelar”, Anibal Quijano la entendió como “colonialidad del poder”.
Por donde se le vea son relaciones fuertemente contaminadas por nuestro pasado colonial. De ninguna manera se sostiene que vivimos en la Colonia, sino que el imaginario, las representaciones, las prácticas están cargadas de colonialidad. No somos, en nuestra conducta diaria, una sociedad de ciudadanos, sino una sociedad de siervo-ciudadanos, mitad súbditos, mitad ciudadanos.
Hace exactamente tres años el joven historiador Eduardo Torres ganó el Premio Nacional de Ensayo PUCP con un libro fenomenal, titulado “El autoritarismo en la historia del Perú. Buscando un rey”. Torres nos deja espantados al demostrarnos que vivimos sumergidos en instituciones 100% coloniales y casi monárquicas que muchas veces llaman a risa a los visitantes de otros países. Por ejemplo:
1. Las rígidas y estúpidas reglas de los ceremoniales públicos y familiares que reproducen una cultura virreinal. Como quinceañeros, funerales, premiaciones y hasta actos académicos que parecen no haber salido del siglo XVIII.
2. Las serviles formas de saber pedir en la que muchos apelan a la compasión, la pena, las lágrimas y el sometimiento ante el poderoso que luego nos prodigará del favor concedido, jamás del merecimiento.
3. La consistencia de las argollas, brutales y perversas forma de pequeños imperios personales que giran alrededor de personas. Sobones que halagan y se someten servilmente y que lógicamente desean algún día tener su propia argolla.
4. La fascinación por ascender socialmente, basado en el prestigio que otorgan símbolos absurdos como el cartón profesional y la vestimenta. En los hogares peruanos es casi natural la exhibición de cartones en las salas.
5. La impuntualidad peruana, que muchas veces llama a sonrisa. El desprecio al valor del tiempo es un poderoso indicador de mentalidad colonial y autoritaria.
Y para completar el cuadro, el poderoso proceso de racialización que según Gonzalo Portocarrero, es el “fundamento invisible”, gran fuente de discriminación y odio que nos sitúa como una sociedad que aún no se desata de su colonialidad.
Como apreciamos, los comunicadores tienen un gran desafío, pero al parecer el desafío empieza en enfrentar esas formas de poder autoritario y colonial que se encuentran en las relaciones interpersonales, formas autoritarias que impiden la democratización de la sociedad, que impiden que nos alcemos como ciudadanos y eliminemos las taras del servilismo. Entonces, el desafío es eliminar la sociedad de siervo-ciudadanos; y se trata de una tarea complicada en una atmósfera tan favorable al autoritarismo, autoritarismo que no es sino el abandono vergonzoso de nuestra condición de iguales, la renuncia a la mayoría de edad, ser autoritario es moverse en una perversa cancha que solo acepta la lógica del amo y la lógica del súbdito.
En conclusión y para finalizar. El principal desafío del comunicador del Peru y en Puno en particular frente el virus del poder autoritario, es creo yo, reconocer en primer lugar cuánto de súbditos y siervos se halla injertado dentro de nosotros y hasta qué punto podemos salir de la terrorífica cárcel de la mentalidad colonial para ayudar a los demás a salir de sus propias cárceles.
Al final, ahora sí valoro a Cloutier y su relación simétrica. Es cierto, es posible vivir acompañado de la maravillosa utopía de la comunicación, pero a condición de tener los pies bien puestos sobre la tierra y plenamente convencidos que tenemos mucho, muchísimo que hacer y que tal vez lo que logremos solamente sea la semilla que otras generaciones cosecharán.
Muchas gracias.
En cuanto a la comunicación
De entrada quisiera romper lanzas con una práctica e idea bastante idealizada o ilusoria y poco reflexionada, por ser profesionalmente incorrecta ¿Cuál es? La creencia que la comunicación es una práctica permanente y universal. Planteada en forma de interrogante sería así ¿en realidad nos comunicamos de modo permanente? ¿en realidad todos nos comunicamos? Creo que todos responderán que sí, bueno quisiera discutir esa respuesta afirmativa.
Antes de responder a estas interrogante y cuestionar esta eventual respuesta afirmativa quisiera recordar dos aportes conceptuales que particularmente siempre me parecieron acertados, pero que se inscriben dentro de lo que se denomina como teorías normativas, es decir teorías que se hallan empeñadas en proponer, en sugerir un deber-ser, a veces de modo idealizado o utópico. Las teorías normativas nos sugieren modelos, esquemas, procedimientos o técnicas. En realidad se podría decir que las teorías normativas, más que teorías son normas éticas. Paréntesis, las teorías normativas son profundamente positivistas.
Dicho esto, quisiera mencionar a estas dos teorías normativas de la comunicación que siempre me fascinaron, me siguen fascinando, pero ahora de un modo más crítico y no tan romántico como hace años.
El primer planteamiento procede de Jean Cloutier, canadiense de origen francés, que ha inmortalizado la noción EMIREC, acrónimo de emisor y receptor. Cloutier sostiene que las personas simultáneamente somos emisores y receptores, y dice una verdad. Propone que la comunicación es relación entre emirecs en completa relación horizontal y simétrica. Cloutier ofrece una noción que pareciese venir del cielo enviada por Dios como un regalo divino. Nadie duda que lo ideal sería una comunicación completamente horizontal entre iguales, en la que la imposición del emisor-superior sobre el receptor-inferior sea anulada, pero cloutier olvida no sé si intencionalmente la fuerza del contexto social político económico, cultural y hasta religioso. Cloutier imagina el paraíso de emirecs en hermosa convivencia, una especie de comunismo comunicativo. Es decir estamos ante un planteamiento profundamente normativo, positivista y utópico. No lo niego, únicamente lo cuestiono. Tal vez un argumento a favor de cloutier sostenga que el internet y las redes sociales son el comunismo comunicativo, pero esa sería una tarea futura de investigación.
Pasemos al segundo planteamiento, proviene del mexicano Juan Jose Coronado. Coronado sostiene que la comunicación interpersonal, la comunicación interpersonal es el modelo teorético por excelencia para entender la comunicación en su conjunto. Es decir la comunicación cara a cara entre las personas es el modelo-base para entender todo el edificio de las comunicaciones. Aparentemente es acertado, pues nos dice que la comunicación interpersonal es la unidad mínima de medida del fenómeno comunicacional. Sin embargo, coronado al igual q cloutier aisla de manera espantosa la dimensión comunicativa del contexto. ¿cómo puede afirmar coronado que la comunicación cara a cara entre dos amigos es equiparable a la descomunal diferencia entre lo que dice el diario El Correo y algunos modestos ciudadanos que leen dicho periódico en el mercado Laykakota,? Solo por poner un ejemplo.
Como vemos ambos planteamientos, los cuales asumimos mucho comunicadores formados en universidades latinoamericanas, adolecieron de la supresión olvido o suspensión intencionada de la fuerza del contexto y principalmente de la fuerza del poder. Esos y otros planteamientos fueron tan normativos, estuvieron cargados de tanta ilusión y de muy poca confrontación con la crudeza de los hechos.
Tal vez una primera conclusión de esta primera parte sea que debemos tener mucho cuidado en ofrecer mucha teoría normativa. Paréntesis, a veces pienso que nuestra profesión está infectada de teorías normativas. Bien ahora pasemos a la segunda parte.
En cuanto al poder
Aquí quisiera matizar dos teorías que proviniendo de las ciencias sociales, son poco normativas y más bien profundamente enraizadas en los hechos y prácticas observables. Paréntesis, las teorías opuestas a las teorías normativas de denominan teorías empíricas. Y me voy a referir a dos teorías empíricas una pesimista y otra optimista.
Comienzo con el planteamiento pesimista del gran francés Michel Foucault, quizá el intelectual que ha investigado más profundamente el poder. A él le debemos una gran cantidad de conceptos innovadores, descarnados y potentes, como biopoder, gubernamentalidad, técnicas del yo, biopoder, disciplinamiento, poder pastoral y subpoder, que es el que me servirá para enfrentar las posiciones normativas de cloutier y coronado. El subpoder, es el poder pequeño en las relaciones sociales, el poder microscópico que se da, por ejemplo, entre el enamorado dominante y la enamorada sumisa, entre el jefe de la oficina y los empleados, entre el profesor que desaprueba por razones políticas y el alumno dirigente que aguanta en silencio y con rabia. Foucault es extraordinario, sostiene que el poder se halla tejido en cada uno de nosotros y no podemos, aun, escapar de él.
Al encuentro de Foucault surge la figura de otro francés, el historiador y filósofo Michel de Certeau, ambos eran amigos, pero tenían algunas ideas contrapuestas. De Certeau introduce un bellísimo concepto, del cual también estoy enamorado y que considero es el esfuerzo más elaborado para describir las respuestas de los débiles ante los poderosos. De Certeau no es muy creativo para denominar a su concepto sencillamente lo llama “tácticas del débil”, las tácticas de débil son las múltiples formas de negociación que el hombre de a pie establece con los poderosos, es una forma de contra-poder, por ejemplo, de uso creativo del consumo mediático, de prácticas escondidas, prácticas de superviviencia, pequeñas rebeliones, a veces graciosas, del hombre sencillo frente a las “estrategias del poderoso”. De Certeau siempre dirá “la gente no es idiota”. Paréntesis, creo que la más fascinante “táctica del débil” es, precisamente, autodenominarse “poderoso”.
Aquí cierro las dos primeras partes. Y después de cuestionar las teorías normativas de Cloutier y Coronado; y presentar las teorías empíricas de Foucault y De Certeau quisiera referirme al…
Rol del comunicador frente al poder autoritario en el Perú
Regresemos a Cloutier y Coronado, coincidamos que sus planteamientos normativos son un estupendo deseo, es decir, la comunicación interpersonal horizontal y simétrica que se puede reproducir a niveles superiores. Pero en la práctica humana y social funciona la siguiente afirmación: el tipo de comunicación expresa el tipo de sociedad. Entonces, preguntémonos ¿algún factor es común a las relaciones sociales y de comunicación en el Perú?
Estoy convencido, como lo están una larga lista de autores peruanos y peruanistas, que en el centro de las interacciones se halla algo que tiene muchos nombres, pero que en esencia es exactamente lo contrario a lo planteado por Cloutier, es decir una relación asimétrica y vertical. El historiador Flores Galindo la ha llamado “tradición autoritaria”, Julio Cotler la denominó hace mucho “herencia colonial”, Guillermo Nugent la llama “orden tutelar”, Anibal Quijano la entendió como “colonialidad del poder”.
Por donde se le vea son relaciones fuertemente contaminadas por nuestro pasado colonial. De ninguna manera se sostiene que vivimos en la Colonia, sino que el imaginario, las representaciones, las prácticas están cargadas de colonialidad. No somos, en nuestra conducta diaria, una sociedad de ciudadanos, sino una sociedad de siervo-ciudadanos, mitad súbditos, mitad ciudadanos.
Hace exactamente tres años el joven historiador Eduardo Torres ganó el Premio Nacional de Ensayo PUCP con un libro fenomenal, titulado “El autoritarismo en la historia del Perú. Buscando un rey”. Torres nos deja espantados al demostrarnos que vivimos sumergidos en instituciones 100% coloniales y casi monárquicas que muchas veces llaman a risa a los visitantes de otros países. Por ejemplo:
1. Las rígidas y estúpidas reglas de los ceremoniales públicos y familiares que reproducen una cultura virreinal. Como quinceañeros, funerales, premiaciones y hasta actos académicos que parecen no haber salido del siglo XVIII.
2. Las serviles formas de saber pedir en la que muchos apelan a la compasión, la pena, las lágrimas y el sometimiento ante el poderoso que luego nos prodigará del favor concedido, jamás del merecimiento.
3. La consistencia de las argollas, brutales y perversas forma de pequeños imperios personales que giran alrededor de personas. Sobones que halagan y se someten servilmente y que lógicamente desean algún día tener su propia argolla.
4. La fascinación por ascender socialmente, basado en el prestigio que otorgan símbolos absurdos como el cartón profesional y la vestimenta. En los hogares peruanos es casi natural la exhibición de cartones en las salas.
5. La impuntualidad peruana, que muchas veces llama a sonrisa. El desprecio al valor del tiempo es un poderoso indicador de mentalidad colonial y autoritaria.
Y para completar el cuadro, el poderoso proceso de racialización que según Gonzalo Portocarrero, es el “fundamento invisible”, gran fuente de discriminación y odio que nos sitúa como una sociedad que aún no se desata de su colonialidad.
Como apreciamos, los comunicadores tienen un gran desafío, pero al parecer el desafío empieza en enfrentar esas formas de poder autoritario y colonial que se encuentran en las relaciones interpersonales, formas autoritarias que impiden la democratización de la sociedad, que impiden que nos alcemos como ciudadanos y eliminemos las taras del servilismo. Entonces, el desafío es eliminar la sociedad de siervo-ciudadanos; y se trata de una tarea complicada en una atmósfera tan favorable al autoritarismo, autoritarismo que no es sino el abandono vergonzoso de nuestra condición de iguales, la renuncia a la mayoría de edad, ser autoritario es moverse en una perversa cancha que solo acepta la lógica del amo y la lógica del súbdito.
En conclusión y para finalizar. El principal desafío del comunicador del Peru y en Puno en particular frente el virus del poder autoritario, es creo yo, reconocer en primer lugar cuánto de súbditos y siervos se halla injertado dentro de nosotros y hasta qué punto podemos salir de la terrorífica cárcel de la mentalidad colonial para ayudar a los demás a salir de sus propias cárceles.
Al final, ahora sí valoro a Cloutier y su relación simétrica. Es cierto, es posible vivir acompañado de la maravillosa utopía de la comunicación, pero a condición de tener los pies bien puestos sobre la tierra y plenamente convencidos que tenemos mucho, muchísimo que hacer y que tal vez lo que logremos solamente sea la semilla que otras generaciones cosecharán.
Muchas gracias.
(Fragmento del discurso de orden leido el 31 de mayo de 2011, por el XXVIII aniversario de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional del Altiplano de Puno)
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Aimaras antimineros: enseñanzas de un conflicto

Dentro de las singularidades que conserva orgullosamente la región de Puno destaca la confluencia de dos pueblos ancestrales. Los quechuas ubicados principalmente en la zona norte de la región, cercanos al Cusco y los aimaras en la zona sur, cercana a Bolivia.
Los dirigentes aimaras de hoy y ayer no se cansan en recordar que fueron un pueblo que nunca se sometió ante el poder de los incas del Cusco y que la sobrevivencia orgullosa de su lengua es la demostración más clara. Además, tienen muy presente que durante la gran rebelión de Túpac Amaru, los líderes de la fase aimara fueron más radicales que el cacique de Tungasuca y sostuvieron mucho más tiempo el control del altiplano. Así, las figuras de Pedro Vilcapaza y Túpac Katari son parte del imaginario colectivo regional.
Durante la expansión del poder gamonal en el siglo pasado, las comunidades campesinas aimaras tuvieron una relativa independencia frente a los hacendados. De allí que era bastante notoria la diferencia entre los “indios de hacienda” (sometidos a la servidumbre) y los “indios de comunidad” (en convivencia recíproca). Este dato es valioso, pues los aimaras mantienen un mayor sentido de pertenencia hacia sus costumbres y ritos ancestrales, y a la vez una relación más negociada y justa con la “fuerza civilizatoria de Occidente”.
Entonces, no debe extrañar que si el Estado concesiona territorios cercanos al monte tutelar Khapia para fines de explotación minera, los aimaras puneños reaccionen con gran indignación. Se trata de un lugar sagrado, no hay más vueltas sobre el tema. En la cosmovisión andina, ya es un lugar común reiterarlo, el hombre no es el rey de la naturaleza, ni tiene patente divina para explotar indiscriminadamente los frutos de la tierra. Se trata de un relación respetuosa y de crianza con el cosmos que, verdaderamente, es el núcleo de la potencia civilizatoria del mundo andino. Esta premisa es vivida a cada instante de la existencia de los aimaras.
De este modo, las actividades que implican una relación armónica entre las partes gozan de una consideración especial en la mentalidad aimara. La agricultura, la ganadería, la pesca, las festividades o el pequeño comercio se encontrarán, entonces, por encima de la extracción descarnada y violenta de los recursos naturales. Para ponerlo gráficamente, si un comunero aimara observa el tajo abierto de una profunda mina penetrada por potentes y ruidosas excavadoras, sencillamente está viendo algo parecido a una violación: un desproporcionado acto de violencia que adolece del principio de reciprocidad. Lógicamente el hombre domesticado por la “fuerza civilizatoria de Occidente” lo que observaría sería la materia prima de la que están hechas gran parte de sus preciosas mercancías que dan sentido a su goce material y “civilizado”.
Entonces, detrás del conflicto antiminero de los aimaras de Puno me parece que tenemos un insumo para ir dialogando sobre la fuerza civilizatoria de la cultura andina que, más allá de las concesiones a los mineros depredadores, nos enseña sobre el valor y ubicación del hombre en el mundo, el rol civilizador de la reciprocidad y la vida comunal, el potencial de la ciudadanía étnica en un país diverso, la insensatez de los prejuicios sobre el hombre andino, las inconsistencias del supuesto modelo económico neoliberal intocable, las grietas de la fuerza civilizatoria de Occidente y, claro, la futura refundación republicana en el Perú deberá alimentarse de la propuesta del buen-vivir de las poblaciones ancestrales.
Los dirigentes aimaras de hoy y ayer no se cansan en recordar que fueron un pueblo que nunca se sometió ante el poder de los incas del Cusco y que la sobrevivencia orgullosa de su lengua es la demostración más clara. Además, tienen muy presente que durante la gran rebelión de Túpac Amaru, los líderes de la fase aimara fueron más radicales que el cacique de Tungasuca y sostuvieron mucho más tiempo el control del altiplano. Así, las figuras de Pedro Vilcapaza y Túpac Katari son parte del imaginario colectivo regional.
Durante la expansión del poder gamonal en el siglo pasado, las comunidades campesinas aimaras tuvieron una relativa independencia frente a los hacendados. De allí que era bastante notoria la diferencia entre los “indios de hacienda” (sometidos a la servidumbre) y los “indios de comunidad” (en convivencia recíproca). Este dato es valioso, pues los aimaras mantienen un mayor sentido de pertenencia hacia sus costumbres y ritos ancestrales, y a la vez una relación más negociada y justa con la “fuerza civilizatoria de Occidente”.
Entonces, no debe extrañar que si el Estado concesiona territorios cercanos al monte tutelar Khapia para fines de explotación minera, los aimaras puneños reaccionen con gran indignación. Se trata de un lugar sagrado, no hay más vueltas sobre el tema. En la cosmovisión andina, ya es un lugar común reiterarlo, el hombre no es el rey de la naturaleza, ni tiene patente divina para explotar indiscriminadamente los frutos de la tierra. Se trata de un relación respetuosa y de crianza con el cosmos que, verdaderamente, es el núcleo de la potencia civilizatoria del mundo andino. Esta premisa es vivida a cada instante de la existencia de los aimaras.
De este modo, las actividades que implican una relación armónica entre las partes gozan de una consideración especial en la mentalidad aimara. La agricultura, la ganadería, la pesca, las festividades o el pequeño comercio se encontrarán, entonces, por encima de la extracción descarnada y violenta de los recursos naturales. Para ponerlo gráficamente, si un comunero aimara observa el tajo abierto de una profunda mina penetrada por potentes y ruidosas excavadoras, sencillamente está viendo algo parecido a una violación: un desproporcionado acto de violencia que adolece del principio de reciprocidad. Lógicamente el hombre domesticado por la “fuerza civilizatoria de Occidente” lo que observaría sería la materia prima de la que están hechas gran parte de sus preciosas mercancías que dan sentido a su goce material y “civilizado”.
Entonces, detrás del conflicto antiminero de los aimaras de Puno me parece que tenemos un insumo para ir dialogando sobre la fuerza civilizatoria de la cultura andina que, más allá de las concesiones a los mineros depredadores, nos enseña sobre el valor y ubicación del hombre en el mundo, el rol civilizador de la reciprocidad y la vida comunal, el potencial de la ciudadanía étnica en un país diverso, la insensatez de los prejuicios sobre el hombre andino, las inconsistencias del supuesto modelo económico neoliberal intocable, las grietas de la fuerza civilizatoria de Occidente y, claro, la futura refundación republicana en el Perú deberá alimentarse de la propuesta del buen-vivir de las poblaciones ancestrales.
Publicado en Noticias SER
29 de abril de 2011
Elecciones, "sangre autoritaria" y nación en el Perú

Los resultados de la primera vuelta han evidenciado, una vez más, el fuerte componente autoritario de la decisión política de los electores peruanos. El elector envía un mensaje claro: necesitamos la contundencia de la fuerza vertical para cambiar el modelo de crecimiento económico y/o requerimos el retorno-redención del tutelaje asistencialista y autoritario de la década de los noventa. Es decir, solo la “mano dura” resuelve los problemas.
El reclamo por “mano dura” en la política no es ajeno a la historia nacional y mucho menos a otras experiencias latinoamericanas y mundiales. Es más, la convivencia democrática entre iguales ante la ley es un logro civilizatorio reciente. Peor en el caso peruano que mantiene vigente la desigualdad socioeconómica, la discriminación etnocultural y el imperio de la astucia corrupta (viveza criolla) en las relaciones cotidianas.
En ese (des)orden social no debe sorprender la exigencia de la bienhechora “mano dura” como salvación de la patria. La “sangre autoritaria” de los peruanos no es la expresión de su ignorancia o la falta de valores cívicos; al contrario, es una singular propuesta política de inclusión, de acudir a lo radical-extremo para (re)ordenar o para alcanzar la comunidad nacional entre iguales ante la ley.
El voto rural y provinciano de Humala es un claro ejemplo ¿cómo se pueden comprender votaciones por encima del 70% u 80%? Se trata de respaldos descomunales que ya quisieran tener algunas confesiones religiosas o marketeros ávidos de consumidores ansiosos.
Los resultados de la primera vuelta son el síntoma renovado y tantas veces repetido de la desintegración nacional, o lo que es lo mismo, el desprecio por el mundo-de-los-de-abajo. Ese mundo despreciado, paradójicamente, es el espacio más fértil de nuestra historia; es el lugar donde se conservan las matrices que nos servirían para construirnos como nación y comunidad multidiversa. El mundo-de-los-de-abajo, sin embargo, es el mundo que las élites acriolladas quisieran eliminar o en el mejor de los casos “modernizar-blanquear” arreándolos hacia el dios-de-los-de-arriba: el mercado.
Pero, felizmente el voto es uno de los pocos momentos en el que los peruanos somos iguales y (siguiendo el pensamiento de los de abajo) tenemos la oportunidad de hacernos sentir, de exigir un Perú distinto. La “sangre autoritaria”, entonces, no es constitutiva de los peruanos del siglo XXI es el dispositivo para imaginar una futura sociedad de iguales ante la ley.
El reclamo por “mano dura” en la política no es ajeno a la historia nacional y mucho menos a otras experiencias latinoamericanas y mundiales. Es más, la convivencia democrática entre iguales ante la ley es un logro civilizatorio reciente. Peor en el caso peruano que mantiene vigente la desigualdad socioeconómica, la discriminación etnocultural y el imperio de la astucia corrupta (viveza criolla) en las relaciones cotidianas.
En ese (des)orden social no debe sorprender la exigencia de la bienhechora “mano dura” como salvación de la patria. La “sangre autoritaria” de los peruanos no es la expresión de su ignorancia o la falta de valores cívicos; al contrario, es una singular propuesta política de inclusión, de acudir a lo radical-extremo para (re)ordenar o para alcanzar la comunidad nacional entre iguales ante la ley.
El voto rural y provinciano de Humala es un claro ejemplo ¿cómo se pueden comprender votaciones por encima del 70% u 80%? Se trata de respaldos descomunales que ya quisieran tener algunas confesiones religiosas o marketeros ávidos de consumidores ansiosos.
Los resultados de la primera vuelta son el síntoma renovado y tantas veces repetido de la desintegración nacional, o lo que es lo mismo, el desprecio por el mundo-de-los-de-abajo. Ese mundo despreciado, paradójicamente, es el espacio más fértil de nuestra historia; es el lugar donde se conservan las matrices que nos servirían para construirnos como nación y comunidad multidiversa. El mundo-de-los-de-abajo, sin embargo, es el mundo que las élites acriolladas quisieran eliminar o en el mejor de los casos “modernizar-blanquear” arreándolos hacia el dios-de-los-de-arriba: el mercado.
Pero, felizmente el voto es uno de los pocos momentos en el que los peruanos somos iguales y (siguiendo el pensamiento de los de abajo) tenemos la oportunidad de hacernos sentir, de exigir un Perú distinto. La “sangre autoritaria”, entonces, no es constitutiva de los peruanos del siglo XXI es el dispositivo para imaginar una futura sociedad de iguales ante la ley.
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1 de marzo de 2011
Cambio, amenaza antisistema y refundación del Perú

El avance hacia dimensiones superiores de vida u organización proviene del cambio. Los cambios grandes, medianos o pequeños que pretenden modificar el estado-de-las-cosas implican una lucha contra la resistencia que ofrecen algunos elementos que se favorecen con el estado-de-las-cosas o con elementos que muestran temor o miedo al cambio.
El cambio es bienhechor mientras contenga una gran dosis de convicción para alcanzar una buena vida para todos, un espacio de dignidad y respeto. Los grandes cambios del Perú han sido conquistas difíciles que se han enfrentado ante una gran resistencia, derivada de nuestra dolorosa herencia colonial de sometimiento, servidumbre y autoritarismo.
El debate entre monarquía o república, luego de la Independencia y al inicio del siglo XIX fue un enfrentamiento de argumentos que pretendía quebrar la pesada herencia de sometimiento: optamos por la república, pero poco cambió. En la década del 60 del siglo XX, un puñado de militares nacionalistas alcanzaron el poder y quebraron el sistema de servidumbre al que los pueblos andinos /campesinos estaban sometidos: un gran cambio.
Simultáneamente otro gran cambio se producía desde abajo: un descomunal número de familias provincianas andinas y pobres avanzaban hacia las ciudades costeñas. La conquista silenciosa de las ciudades de la costa tenía un sencillo pero contundente objetivo: vida digna para ellos y para sus descendientes. El logro del objetivo ha sido irregular: están mejor, pero aún no alcanzan la vida digna soñada.
Hasta ahí una parte de la historia. Pero la otra parte la representan los poderes nacionales empecinados en mantener un modelo de sociedad basada en una relación vertical y desigual: pocos gozan de bienestar material, muchos viven en condiciones de pobreza. A eso se suma la gran estrategia de las élites económicas. Mantener al Perú como un país que privilegia la explotación de recursos naturales con cero valor agregado y, en una muestra de desprecio por la nación que los vio nacer, entregar a los capitales transnacionales la conducción de todo aquello que no pueden manejar y que desgraciadamente no es poco. Es decir, cero compromiso, cero amor por el Perú.
El panorama debe ser cambiado y aunque parezca utópico o una ilusión, el cambio que nos llevará a la vida digna para todos los peruanos será refundando la república, como la reingeniería con la que sueñan los empresarios, como cuando comenzamos de nuevo y nos damos una oportunidad luego de un desgraciado pasado, como cuando decidimos ser mejores para servir a los nuestros, como cuando nos armamos de valentía y decimos “hasta aquí, no más”.
Por lo tanto, si alguien amenaza el sistema de desigualdad, si alguien pretende construir las bases de la refundación de nuestras vidas, si alguien nos invita o sugiere que es posible la buena-vida-digna para los pobres. Si alguien exhibe valentía debe ser escuchado. Pero, eso sí, no debemos perder el sentido de la realidad: los cambios implican sacrificios y los seres humanos somos y seremos siempre imperfectos.
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14 de diciembre de 2010
3 de diciembre de 2010
El epígrafe de mi tesis

El hombre es –Hegel dixit– “un animal enfermo de muerte”, un animal
extorsionado por un insaciable parásito (razón, logos, lenguaje). Según esta
perspectiva, la “pulsión de muerte”, esta dimensión de radical negatividad, no
puede ser reducida a una expresión de las condiciones sociales enajenadas, sino
que define la condition humaine en cuanto tal. No hay solución ni escape, lo que
hay que hacer no es “superarla”, “abolirla”, sino llegar a un acuerdo con ello,
aprender a reconocerla en su dimensión aterradora y después, con base en este
reconocimiento fundamental, tratar de articular un modus vivendi con ello. Toda
“cultura” es en cierto modo una formación-reacción, un intento de limitar, de
canalizar, de cultivar este desequilibrio, este núcleo traumático, este
antagonismo radical por medio del cual el hombre corta su cordón umbilical con
la naturaleza, con la homeostasis animal. No es sólo que la meta ya no consista
en abolir este antagonismo pulsional, sino que la aspiración de abolirlo es
precisamente la fuente de la tentación totalitaria. Los mayores asesinatos de
masas y holocaustos siempre han sido perpetrados en nombre del hombre como ser
armónico, de un Hombre Nuevo sin tensión antagónica. La misma lógica es
aplicable a la ecología (…) al feminismo (…) a la democracia (…) podemos salvar
a la democracia tomando en cuenta su propia imposibilidad radical.
(Slavoj Zizek, El sublime objeto de la ideología, 1992: 27-29).
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27 de mayo de 2010
Nuestra vida cotidiana autoritaria: artículos en el diario Noticias de Arequipa

Tuve un brevísimo paso de 4 domingos (entre el 18 de abril y el 9 de mayo) por la página de opinión del diario Noticias de Arequipa. La renuncia de su director, el correcto periodista Enrique Zavala, puso fin a la breve experiencia. Y en verdad fue un acto experimental, porque decidí escribir sobre cómo el autoritarismo y las relaciones asimétricas se encuentran en nuestras vidas cotidianas y juegan "en pared" y/o sostienen la esfera pública y política. Por eso la columna se llamó Sobre amos y siervos. Dejo el contenido de los cuatro artículos y del último no publicado.
VIDA AUTORITARIA (18-04-2010)
Por Eland Vera
Periodista
Nuestra historia nacional está marcada duramente por una constatación cruel, real y cotidiana: el autoritarismo. Las diversas esferas de la vida pública, institucional y familiar muestran el sello grosero de las relaciones asimétricas. Atestiguamos, somos parte y no nos afecta convivir con sujetos envalentonados que lucen la viveza criolla como símbolo y valor fundamental de su diario actuar. Pero, supuestamente, al otro lado hallamos a sujetos que se someten servilmente al autoritarismo de los amos y señores de la cancha. Con lo cual tenemos establecida la relación entre amos y siervos, los que mandan y los que obedecen, los de arriba y los de abajo, los poderosos y los débiles, los lobos y las ovejas.
Sin embargo, una observación más detenida nos lleva a encontrar aspectos que usualmente no se presentan como evidencia contundente. Y es que los sujetos atrapados en la lógica del amo y el siervo, muchas veces rechazan contundentemente encontrarse inmiscuidos en semejante injusticia. Es más no faltará alguien con candor virginal que afirmará que en estos tiempos “de globalización y democracia” esas relaciones no existen o ya fueron superadas, cuando lo cierto es que el autoritarismo es el lastre más fuerte de la vida cultural y política. Es el aceite que lubrica la maquinaria de la perversa existencia social en una sociedad como la nuestra.
Pero decíamos que el amo y el siervo no se dan cuenta de los roles que viven a diario. Es más se trata de roles intercambiables. Soy sometido allá y someto aquí; hoy soy dominado, mañana dominaré. La ecuación bipolar se arma de las mil maravillas. Lógicamente la ilusión es llegar a “estar arriba” y quedarse allí. Esa falla, desajuste o como quiera llamársele es más fuerte en una sociedad desigual y clasificatoria como la nuestra. Por eso, los pocos que apuestan por la convivencia democrática y el diálogo ciudadano tienen una gran tarea por delante.
Por Eland Vera
Periodista
Nuestra historia nacional está marcada duramente por una constatación cruel, real y cotidiana: el autoritarismo. Las diversas esferas de la vida pública, institucional y familiar muestran el sello grosero de las relaciones asimétricas. Atestiguamos, somos parte y no nos afecta convivir con sujetos envalentonados que lucen la viveza criolla como símbolo y valor fundamental de su diario actuar. Pero, supuestamente, al otro lado hallamos a sujetos que se someten servilmente al autoritarismo de los amos y señores de la cancha. Con lo cual tenemos establecida la relación entre amos y siervos, los que mandan y los que obedecen, los de arriba y los de abajo, los poderosos y los débiles, los lobos y las ovejas.
Sin embargo, una observación más detenida nos lleva a encontrar aspectos que usualmente no se presentan como evidencia contundente. Y es que los sujetos atrapados en la lógica del amo y el siervo, muchas veces rechazan contundentemente encontrarse inmiscuidos en semejante injusticia. Es más no faltará alguien con candor virginal que afirmará que en estos tiempos “de globalización y democracia” esas relaciones no existen o ya fueron superadas, cuando lo cierto es que el autoritarismo es el lastre más fuerte de la vida cultural y política. Es el aceite que lubrica la maquinaria de la perversa existencia social en una sociedad como la nuestra.
Pero decíamos que el amo y el siervo no se dan cuenta de los roles que viven a diario. Es más se trata de roles intercambiables. Soy sometido allá y someto aquí; hoy soy dominado, mañana dominaré. La ecuación bipolar se arma de las mil maravillas. Lógicamente la ilusión es llegar a “estar arriba” y quedarse allí. Esa falla, desajuste o como quiera llamársele es más fuerte en una sociedad desigual y clasificatoria como la nuestra. Por eso, los pocos que apuestan por la convivencia democrática y el diálogo ciudadano tienen una gran tarea por delante.
¿Los autoritarios nos golean? (25-04-2010)
Eland Vera
Periodista
La democracia como sistema de decisión tiene poco tiempo de vida entre los grupos humanos. Y los valores y la conducta democrática entre las personas tienen mucho menor tiempo. ¿Qué podríamos decir de la situación de países como el nuestro en los que la experiencia democrática es, más bien, una excepción? Países como el nuestro donde todavía existe un considerable número de ciudadanos que se encuentran completamente convencidos que la solución autoritaria es la respuesta a los problemas.
Los diversos procesos electorales demuestran que precisamente nuestro voto (democrático) se orienta hacia soluciones no democráticas. Es decir, a través de la democracia elegimos la no-democracia. Y es que muchos ciudadanos piensan que eligen un patrón, un mandamás, un caudillo providencial que solucione los problemas. Muchas personas parten del convencimiento que la solución a los problemas de la sociedad se halla fuera de sí mismos. Que la solución la trae un sujeto superior y diferente. Cuando en verdad la solución se encuentra en cada ciudadano consciente.
Esta tensión entre la práctica democrática y la práctica autoritaria irriga las vidas de todos los peruanos. Por un lado, sabemos que la defensa de los derechos ciudadanos de todas las personas sin excepción es un valor que trasciende a nosotros y se trata de un excepcional logro civilizatorio de la humanidad; pero, por otro lado, sabemos que para sobrevivir y alcanzar el éxito en una sociedad como la nuestra debemos acudir a prácticas discriminatorias, ofensivas o ilícitas.
Los inacabables casos de corrupción, racismo, abuso y violencia demuestran hasta la saciedad que las prácticas democráticas pierden por goleada ante las prácticas autoritarias. Haríamos bien, cada día, en luchar por todos los medios en radicalizar los valores democráticos y la vida dialogante, en la que eliminemos a los amos y siervos que a veces mañosamente se instalan entre nosotros. Para el caso peruano se trata de uno de los deberes más importantes de cada ciudadano.
Eland Vera
Periodista
La democracia como sistema de decisión tiene poco tiempo de vida entre los grupos humanos. Y los valores y la conducta democrática entre las personas tienen mucho menor tiempo. ¿Qué podríamos decir de la situación de países como el nuestro en los que la experiencia democrática es, más bien, una excepción? Países como el nuestro donde todavía existe un considerable número de ciudadanos que se encuentran completamente convencidos que la solución autoritaria es la respuesta a los problemas.
Los diversos procesos electorales demuestran que precisamente nuestro voto (democrático) se orienta hacia soluciones no democráticas. Es decir, a través de la democracia elegimos la no-democracia. Y es que muchos ciudadanos piensan que eligen un patrón, un mandamás, un caudillo providencial que solucione los problemas. Muchas personas parten del convencimiento que la solución a los problemas de la sociedad se halla fuera de sí mismos. Que la solución la trae un sujeto superior y diferente. Cuando en verdad la solución se encuentra en cada ciudadano consciente.
Esta tensión entre la práctica democrática y la práctica autoritaria irriga las vidas de todos los peruanos. Por un lado, sabemos que la defensa de los derechos ciudadanos de todas las personas sin excepción es un valor que trasciende a nosotros y se trata de un excepcional logro civilizatorio de la humanidad; pero, por otro lado, sabemos que para sobrevivir y alcanzar el éxito en una sociedad como la nuestra debemos acudir a prácticas discriminatorias, ofensivas o ilícitas.
Los inacabables casos de corrupción, racismo, abuso y violencia demuestran hasta la saciedad que las prácticas democráticas pierden por goleada ante las prácticas autoritarias. Haríamos bien, cada día, en luchar por todos los medios en radicalizar los valores democráticos y la vida dialogante, en la que eliminemos a los amos y siervos que a veces mañosamente se instalan entre nosotros. Para el caso peruano se trata de uno de los deberes más importantes de cada ciudadano.
Argollas y chacras de cada día (2-05-2010)
Eland Vera
Nuestra vida diaria es desarrollada formando parte de “grupos”. Integramos una promoción de estudios, un club deportivo, parroquia, barrio, grupo de amigos, gremio laboral o profesional. Es más, nos sentimos muy bien cuando en los grupos que integramos la relación es amistosa, respetuosa, sincera y productiva. Hasta ahí todo bien y extraordinariamente sano.
Pero, seguramente no nos hemos dado cuenta del lado oscuro de la pertenencia a determinados grupos. Tenemos el caso de instituciones públicas en la que existen “argollas” de funcionarios y trabajadores o gremios profesionales compuestos por pequeñas “argollas” de “amigotes”. Incluso, es parte de los consejos a los jóvenes enseñarles a colocarse y relacionarse en determinadas redes de intereses que a la larga los beneficie con un trabajo o una ventaja. Es decir, el éxito no sólo es el resultado del talento: pesan mucho “las relaciones”. Esas “relaciones” implican respetar y seguir determinadas “normas” y “estilos”. Y seguramente dentro de la “argolla” alguien manda, está por encima, decide, es “la última palabra”. ¡Círculo completo! Estamos inmersos en relaciones verticales, de sometimiento. Somos parte de una “chacra” que funciona con su respectiva “argolla”.
Guillermo Nugent ha alertado que existe algo más allá de la “tradición autoritaria” y “herencia colonial” de la vida peruana. Se trata de una serie de prácticas gamonales que aún tienen vigencia entre nosotros y se expresan en las “argollas”. Es cierto, las haciendas desaparecieron, pero el sentido común de las personas nos recuerda cada día que “fulano de tal cree que está en su chacra” ¿o no?
Es fuerte, pero lo antidemocrático y autoritario está en nuestras relaciones cotidianas, supuestamente alejadas de la política y el poder. Allí donde sometemos o nos someten “estratégicamente”, donde se vulnera una dignidad. Allí y sólo allí, tan cerca y tan increíble, es donde se construye ciudadanía, desarrollo y país. ¿Cuál será entonces nuestro deber?
Eland Vera
Nuestra vida diaria es desarrollada formando parte de “grupos”. Integramos una promoción de estudios, un club deportivo, parroquia, barrio, grupo de amigos, gremio laboral o profesional. Es más, nos sentimos muy bien cuando en los grupos que integramos la relación es amistosa, respetuosa, sincera y productiva. Hasta ahí todo bien y extraordinariamente sano.
Pero, seguramente no nos hemos dado cuenta del lado oscuro de la pertenencia a determinados grupos. Tenemos el caso de instituciones públicas en la que existen “argollas” de funcionarios y trabajadores o gremios profesionales compuestos por pequeñas “argollas” de “amigotes”. Incluso, es parte de los consejos a los jóvenes enseñarles a colocarse y relacionarse en determinadas redes de intereses que a la larga los beneficie con un trabajo o una ventaja. Es decir, el éxito no sólo es el resultado del talento: pesan mucho “las relaciones”. Esas “relaciones” implican respetar y seguir determinadas “normas” y “estilos”. Y seguramente dentro de la “argolla” alguien manda, está por encima, decide, es “la última palabra”. ¡Círculo completo! Estamos inmersos en relaciones verticales, de sometimiento. Somos parte de una “chacra” que funciona con su respectiva “argolla”.
Guillermo Nugent ha alertado que existe algo más allá de la “tradición autoritaria” y “herencia colonial” de la vida peruana. Se trata de una serie de prácticas gamonales que aún tienen vigencia entre nosotros y se expresan en las “argollas”. Es cierto, las haciendas desaparecieron, pero el sentido común de las personas nos recuerda cada día que “fulano de tal cree que está en su chacra” ¿o no?
Es fuerte, pero lo antidemocrático y autoritario está en nuestras relaciones cotidianas, supuestamente alejadas de la política y el poder. Allí donde sometemos o nos someten “estratégicamente”, donde se vulnera una dignidad. Allí y sólo allí, tan cerca y tan increíble, es donde se construye ciudadanía, desarrollo y país. ¿Cuál será entonces nuestro deber?
Madre y civilización (9-05-2010)
Eland Vera
La sociedad se halla organizada sobre la base de prácticas, ideas y normas con un fuerte acento masculino y patriarcal. El dominio, el mando, el control o el poder en sus diversas expresiones es muchas veces una versión amplificada de la supuesta supremacía del varón sobre la mujer. Es decir, muchas veces el poder, para ser tal, requiere ser masculino para alcanzar eficacia y fuerza.
Por eso, en este Día de la Madre, sería importante reflexionar sobre la extraordinaria deuda que la sociedad tiene con la mujer-madre y su rol en la aparición de nuevas formas de convivencia. Y no sólo se trata de reivindicar la imagen y condición de las madres. El mejor homenaje a las madres debe ser incorporar sus manifestaciones valiosas en la vida política y cultural. Aprender de ellas para actuar en el día a día.
Imaginemos qué sucedería si asimilamos conscientemente las acciones propias de las madres como escucha atenta, diálogo cordial y respetuoso, consejo oportuno, dedicación incansable, creación amorosa, laboriosidad honesta o entrega desinteresada. Sería un gran salto civilizatorio de dimensiones revolucionarias.
Por lo menos hemos avanzado algo. Un valioso logro, en comparación al pasado, es la presencia cada vez más intensiva de mujeres en actividades empresariales o políticas. Muchas organizaciones han dado un gran salto al incluir mujeres en puestos clave. Su estilo inclusivo, participativo y democrático es un capital de gran valor.
Frente a siglos de hegemonía masculina es una exigencia mayúscula imaginarnos nuevas formas de convivencia humana, en la que pongamos en el centro del escenario el ejemplo grandioso de las madres humanas. Seres dedicados a poner en práctica el más sublime, divino y creador de los sentimientos: el amor. El mensaje es claro, convivimos diariamente con el ejemplo supremo de vida digna y elevada: las madres. Es hora de aprender.
El día a día de la desigualdad (no publicado)
Eland Vera
América Latina es una realidad compleja. Su historia está atravesada por la experiencia colonial y la dominación. Y una de las consecuencias más dramáticas es su desigualdad social. Diversos estudios destacan que el rasgo característico de nuestros países es la vergonzosa distancia económica entre ricos y pobres. En América Latina podemos atestiguar la existencia de niveles de vida muy diferenciados. Es decir, la notoria distancia entre riqueza y pobreza ha generado la existencia de una perversa jerarquía y un orden clasificatorio, que seguramente no apreciamos diariamente; pero, si nos detenemos un momento a reflexionar sobre la forma cómo nos relacionamos llegaremos a la conclusión que empleamos diversos registros o pequeñas normas para establecer contactos, de acuerdo a la persona que tenemos al frente.
Por ejemplo, no tratamos de igual manera a las empleadas del hogar o a las empleadas de un banco, a profesores de nuestros hijos o a los profesores de una zona marginal, a las personas con apariencia indígena, mestiza, blanca o extranjera; a los que hablan con acento serrano o urbano, a los que visten con ropa costosa o ropa modesta, al profesional exitoso o al gasfitero, al que migró de Puno o al que migró de Argentina, al que vive en la ciudad o al que vive en la zona rural.
Sobre la base de esas y otras diferencias establecemos una intrincada clasificación de las personas. Así vivimos, sometidos al orden discriminatorio y racializante, en medio de relaciones de superioridad e inferioridad: expresión cristalizada de una existencia social indigna. Por eso, el desafío de la vida democrática entre ciudadanos viene luego de quebrar viejas formas de convivencia, dejar de repetir horrorosos prejuicios, liquidar prácticas discriminatorias. Sí pues, la tan requerida educación y cultura para todos debe empezar en las relaciones sencillas y cotidianas del diario vivir, revelador lugar donde se comprueba la grandeza de las naciones.
Eland Vera
La sociedad se halla organizada sobre la base de prácticas, ideas y normas con un fuerte acento masculino y patriarcal. El dominio, el mando, el control o el poder en sus diversas expresiones es muchas veces una versión amplificada de la supuesta supremacía del varón sobre la mujer. Es decir, muchas veces el poder, para ser tal, requiere ser masculino para alcanzar eficacia y fuerza.
Por eso, en este Día de la Madre, sería importante reflexionar sobre la extraordinaria deuda que la sociedad tiene con la mujer-madre y su rol en la aparición de nuevas formas de convivencia. Y no sólo se trata de reivindicar la imagen y condición de las madres. El mejor homenaje a las madres debe ser incorporar sus manifestaciones valiosas en la vida política y cultural. Aprender de ellas para actuar en el día a día.
Imaginemos qué sucedería si asimilamos conscientemente las acciones propias de las madres como escucha atenta, diálogo cordial y respetuoso, consejo oportuno, dedicación incansable, creación amorosa, laboriosidad honesta o entrega desinteresada. Sería un gran salto civilizatorio de dimensiones revolucionarias.
Por lo menos hemos avanzado algo. Un valioso logro, en comparación al pasado, es la presencia cada vez más intensiva de mujeres en actividades empresariales o políticas. Muchas organizaciones han dado un gran salto al incluir mujeres en puestos clave. Su estilo inclusivo, participativo y democrático es un capital de gran valor.
Frente a siglos de hegemonía masculina es una exigencia mayúscula imaginarnos nuevas formas de convivencia humana, en la que pongamos en el centro del escenario el ejemplo grandioso de las madres humanas. Seres dedicados a poner en práctica el más sublime, divino y creador de los sentimientos: el amor. El mensaje es claro, convivimos diariamente con el ejemplo supremo de vida digna y elevada: las madres. Es hora de aprender.
El día a día de la desigualdad (no publicado)
Eland Vera
América Latina es una realidad compleja. Su historia está atravesada por la experiencia colonial y la dominación. Y una de las consecuencias más dramáticas es su desigualdad social. Diversos estudios destacan que el rasgo característico de nuestros países es la vergonzosa distancia económica entre ricos y pobres. En América Latina podemos atestiguar la existencia de niveles de vida muy diferenciados. Es decir, la notoria distancia entre riqueza y pobreza ha generado la existencia de una perversa jerarquía y un orden clasificatorio, que seguramente no apreciamos diariamente; pero, si nos detenemos un momento a reflexionar sobre la forma cómo nos relacionamos llegaremos a la conclusión que empleamos diversos registros o pequeñas normas para establecer contactos, de acuerdo a la persona que tenemos al frente.
Por ejemplo, no tratamos de igual manera a las empleadas del hogar o a las empleadas de un banco, a profesores de nuestros hijos o a los profesores de una zona marginal, a las personas con apariencia indígena, mestiza, blanca o extranjera; a los que hablan con acento serrano o urbano, a los que visten con ropa costosa o ropa modesta, al profesional exitoso o al gasfitero, al que migró de Puno o al que migró de Argentina, al que vive en la ciudad o al que vive en la zona rural.
Sobre la base de esas y otras diferencias establecemos una intrincada clasificación de las personas. Así vivimos, sometidos al orden discriminatorio y racializante, en medio de relaciones de superioridad e inferioridad: expresión cristalizada de una existencia social indigna. Por eso, el desafío de la vida democrática entre ciudadanos viene luego de quebrar viejas formas de convivencia, dejar de repetir horrorosos prejuicios, liquidar prácticas discriminatorias. Sí pues, la tan requerida educación y cultura para todos debe empezar en las relaciones sencillas y cotidianas del diario vivir, revelador lugar donde se comprueba la grandeza de las naciones.
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12 de abril de 2010
9 de abril de 2010
El doble rostro de la política y de los políticos

Maurice Duverger ofrece una acertadísima metáfora para entender con sencillez el núcleo de la actividad política. Se trata de la imagen de Jano, el dios romano de los dos rostros. El politólogo francés sostiene que la política debe entenderse como la lucha frontal y desaforada por la búsqueda del poder, y a la vez, como la posibilidad de construir el bien común y la integración humana. Un paralelo similar podría ser entre la falsedad de la demagogia y las grandes posibilidades de la democracia. Otra polaridad la encontramos entre la conducta autoritaria y la conducta dialogante.
Para nadie es un secreto que el político siempre se presenta como un sujeto amigable y que inspira confianza, como la persona llamada a solucionar problemas con eficiencia y honradez, especialmente en los periodos electorales. Pero, súbitamente encaramado en posiciones de poder, ejerce su autoridad con distancia y verticalidad. Es más grave cuando no sólo actúa con autoritarismo; sino que a su mando despótico se le agregan actos de corrupción, inmoralidad y abuso del poder.
Nuestra situación nacional está llena de estos casos. Desde el presidente de la República, vicepresidentes, congresistas, alcaldes distritales y provinciales, presidentes regionales, regidores, hasta consejeros regionales. Pero no todo queda allí, también es el caso de cargos de elección, como presidentes de clubes, asociaciones, gremios, federaciones o universidades.
Es decir, el rostro de Jano es el rostro de la gran mayoría de los políticos. El doblez, la astucia, la intención oculta o el cálculo muchas veces acaparan el espacio de las intenciones. Son pocos, diremos poquísimos, los hombres y mujeres dedicados a la política que dominan el "lado oscuro" (¿imposible de eliminar ?) y prevalece en ellos la fuerza de los ideales, la visión más allá de lo evidente, el compromiso arraigado con la construcción de relaciones y espacios superiores. En fin, recuerdo con extremo cariño la imagen cinematográfica del político íntegro y republicano de Máximo (en la película El Gladiador), que Sinesio López recordaba con acierto en las clases del doctorado. Por mi parte, lo asocio ahora con la imagen de Cincinato, el patricio romano honrado, íntegro y de una extraordinaria sagacidad militar y legislativa.
Qué lejos se encuentran de estas imágenes nuestros lobbistas pendejetes, caciques regionales, otorongos de media zuela o el inquilino regordete de la casa de Pizarro.
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1 de febrero de 2010
Alan García: algo en nosotros le da fuerza y sentido

Me pregunto cómo será recordado Alan García de acá a unos 20 o 30 años, qué se dirá de él y de su partido. Seguramente se establecerá una fuerte diferencia entre su primer y segundo gobierno. Espero que su recuerdo también sea el de una etapa. Etapa en la que elegíamos movidos por factores señoriales y autoritarios. O tal vez dentro de 30 años sigamos eligiendo igual.
La semana que pasó, por otro lado, pudimos ser testigos, a través de los medios de comunicación, de la presentación de 16 millones de libros escolares que serán distribuidos gratuitamente en los colegios estatales del Perú. En verdad la cifra es bastante elevada y seguramente se tiene previsto que los libros de texto tengan no sólo una gran cobertura; sino que tengan una prolongada duración. Pero lo más denigrante fue comprobar que cada uno de los 16 millones de libros, dirigidos a niños y jóvenes de bajos recursos, tenían una foto de gran magnitud de Alan García en la contratapa. Y debajo de la foto un mensaje presidencial a los "futuros votantes".
Que no quede duda, García es vanidoso, megalómano y autoritario. De ese modo quiere perpetuarse en el recuerdo de los "futuros votantes" e ir adelantándose a la campaña del 2016 con fondos públicos. Está de más afirmar que el asunto merece ser investigado, la pregunta es sencilla ¿cuáles son las razones pedagógicas para que el presidente de la República comunique un mensaje político en los libros escolares?
Pero en un país como el nuestro, con pobres prácticas democráticas y nulo respeto a la institucionalidad en la vida política el tema será olvidado; porque todavía persisten formas virreinales y cortesanas entretegidas en la vida común y corriente de todos los peruanos, porque la figura del presidente jamás es divulgada como la del primer servidor público de la Nación, sino como la del soberano, el protector, el gran señor, el gran cacique o el gran virrey: "papá gobierno" para no irnos con delicadezas.
En verdad, me asquea, pero hay que soportarlo. Así ha sido y así seguirá siendo. País de caciques, de señores, de caudillos, de hombres providenciales; pero con su saborcito nacional, la viveza criolla, la pendejada o la criollada, como queramos llamarla.
Así, el peruano "más vivo", "el más pendejo de la Nación" se halla encarnado en ese rechoncho y alzado personaje que "se las sabe todas". El candidato natural y único de ese "cuerpo social" (gran argolla política de pendejos) llamado Partido Aprista Peruano. Alan García es el recordatorio diario que machaconamente nos enfrenta ante lo que somos con nuestros vecinos, amigos, parientes o compañeros de trabajo: serviles pendejos con pretensiones de Amos criollos.
El García grandilocuente, el de las risotadas, el que "cochinea" a sus ministros, el que califica de zonzos a sus opositores o de "perros" a los premodernos, ese García encarna la discriminación vigente y campante. Por eso y mucho más se mantendrá vivo en la arena política y seguramente será un duro contendor en el 2016. García vive y vivirá porque algo de todos nosotros le da sentido y fuerza... por desgracia.
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9 de diciembre de 2009
Pedir perdón por el daño histórico a la población indígena, amazónica y afroperuana
Me entero por Facebook que el secretario nacional de AIDESEP, Saúl Puerta, valora el perdón pedido por el Presidente de la República a la población afroperuana por el daño histórico causado. Pues como sabemos, el Estado peruano y el poder de turno en los siglos pasados favorecieron la esclavitud de hombres y mujeres del continente africano para dinamizar la maquinaria extractiva y opresiva.
Pero, me pregunto si lo que realmente se impone es pedir perdón de verdad, es decir, incluir en el perdón a la población amazónica e indígena que fue motivo de genocidio, violencia y abuso sistemático y discriminación abierta. Al final, todo ello desembocó en una poderosa conciencia racializante y racista que prevalece en el país. Y que es una de las causas principales del "bloqueo" permanente en el que se encuentra el Perú.
Me pregunto, además, cuánto se hace para revertir eso en el terreno educativo. Me pregunto, hasta qué punto la memoria del más grande novelista peruano, José María Arguedas, sirve como referente para este objetivo.
Me pregunto, cuánto sirve la instrucción pública para subsanar estas heridas. Me pregunto, hasta cuándo seguiremos llamando "conquista de América" al genocidio más grande de la historia de la humanidad. Me pregunto, si se enseña claramente que el modo de producción feudal de la Europa Occidental del S.XVI -siguiendo la terminología marxiana- cambió gracias al saqueo de la riqueza americana.
Me pregunto, si seguirán existiendo políticos y limeños que pensaban, como en el siglo pasado, que los "provincianos" deberían tener "pasaporte" para ingresar a Lima.
Me pregunto, si algún día habrá reparación y reconciliación entre los peruanos. Me pregunto, si seguiremos eligiendo tipos como Giampietri, Rafael Rey o a los Fujimori.
Me pregunto, hasta cuándo elegiremos sin informarnos, sin analizar y con pobreza de criterio. Me pregunto, si somos conscientes de las hondas y permanentes fracturas entre todos los Perú, entre todas las sangres.
Tanta preguntas, incluida la posibilidad de refundar por segunda vez la República, la necesaria reorganización completa del territorio nacional, las relaciones más inteligentes con nuestros vecinos y la posibilidad de una diplomacia integracionista y a la vez estratégica con la región latinoamericana. En fin, mejor me detengo y me dedico a mi tesis, porque termino en lo de siempre: sufriendo mi peruanidad
Pero, me pregunto si lo que realmente se impone es pedir perdón de verdad, es decir, incluir en el perdón a la población amazónica e indígena que fue motivo de genocidio, violencia y abuso sistemático y discriminación abierta. Al final, todo ello desembocó en una poderosa conciencia racializante y racista que prevalece en el país. Y que es una de las causas principales del "bloqueo" permanente en el que se encuentra el Perú.
Me pregunto, además, cuánto se hace para revertir eso en el terreno educativo. Me pregunto, hasta qué punto la memoria del más grande novelista peruano, José María Arguedas, sirve como referente para este objetivo.
Me pregunto, cuánto sirve la instrucción pública para subsanar estas heridas. Me pregunto, hasta cuándo seguiremos llamando "conquista de América" al genocidio más grande de la historia de la humanidad. Me pregunto, si se enseña claramente que el modo de producción feudal de la Europa Occidental del S.XVI -siguiendo la terminología marxiana- cambió gracias al saqueo de la riqueza americana.
Me pregunto, si seguirán existiendo políticos y limeños que pensaban, como en el siglo pasado, que los "provincianos" deberían tener "pasaporte" para ingresar a Lima.
Me pregunto, si algún día habrá reparación y reconciliación entre los peruanos. Me pregunto, si seguiremos eligiendo tipos como Giampietri, Rafael Rey o a los Fujimori.
Me pregunto, hasta cuándo elegiremos sin informarnos, sin analizar y con pobreza de criterio. Me pregunto, si somos conscientes de las hondas y permanentes fracturas entre todos los Perú, entre todas las sangres.
Tanta preguntas, incluida la posibilidad de refundar por segunda vez la República, la necesaria reorganización completa del territorio nacional, las relaciones más inteligentes con nuestros vecinos y la posibilidad de una diplomacia integracionista y a la vez estratégica con la región latinoamericana. En fin, mejor me detengo y me dedico a mi tesis, porque termino en lo de siempre: sufriendo mi peruanidad
9 de noviembre de 2009
Otra vez con lo mismo: Encuestas limeñas para entender al Perú
Está bastante bien establecido que las encuestas de opinión en el Perú tienen un descomunal error de muestra. La "ausencia" del "interior" es escandalosa. En el mejor de los casos, sólo se toma en cuenta algunas ciudades principales, pero por lo general: Lima explica la opinión nacional, Lima es el referente de un país bastante diverso, Lima imprime la sensación de lo nacional. Lima sigue siendo el Perú.
Creo que uno de los errores se debe a que en el Perú existe la Asociación Peruana de Investigacion de Mercados, a diferencia de países como España y México en donde las respectivas asociaciones son también de "investigación de opinión", con lo que se incluye a las empresas o grupos que investigan la opinión pública.
Pero también tengo la sensación que detrás de las encuestadoras de opinión pública, especialmente las de las universidades de Lima y la Católica, existiría (lo pongo en condicional) un desinterés por "el otro", una descalificación de la calidad de la opinión del "interior" y el indirecto objetivo de favorecer la creación de una opinión "nacional" determinada por el centro hegemónico. Al desoir a "los otros" del interior se refuerza el centralismo más perverso: el mental.
Creo que uno de los errores se debe a que en el Perú existe la Asociación Peruana de Investigacion de Mercados, a diferencia de países como España y México en donde las respectivas asociaciones son también de "investigación de opinión", con lo que se incluye a las empresas o grupos que investigan la opinión pública.
Pero también tengo la sensación que detrás de las encuestadoras de opinión pública, especialmente las de las universidades de Lima y la Católica, existiría (lo pongo en condicional) un desinterés por "el otro", una descalificación de la calidad de la opinión del "interior" y el indirecto objetivo de favorecer la creación de una opinión "nacional" determinada por el centro hegemónico. Al desoir a "los otros" del interior se refuerza el centralismo más perverso: el mental.
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6 de octubre de 2009
La ansiedad autoritaria en el Perú

Con acierto Julio Cotler ha llamado "ansiedad autoritaria" al contexto de desorden y arbitrariedad en el que los ciudadanos llegan a la conclusión que la política y los políticos se hallan lejos de sus expectativas, intereses y aspiraciones colectivas. Entonces, la población busca un "ajusticiador", un sujeto providencial que imponga el orden y castigue a los "desordenados". Nuestra historia, en ese sentido, es una historia de ansiedad por el Amo Justiciero, por el Redentor del Orden. ¡Qué desgracia! ¡Cuánto nos falta para ser ciudadanos conductores de nuestros destinos!
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14 de septiembre de 2009
Apologistas de delitos y delincuentes
En Perú existe el delito de apológía del terrorismo, instaurado a partir de la época de violencia política. El ministro de Justicia ha salido con un tono desmedido a acusar de apologistas del terrorismo a quienes presentaron un libro de Abimael Guzmán. El asunto es un caso enteramente legal y será resuelto en el fuero respectivo. Pero, lo interesante de todo esto es que el delito de apología del terrorismo está vinculado, dentro de la doctrina jurídica, a la apología del delito y de la delincuencia. Me pregunto hasta qué punto es punible la defensa pública de delitos como la corrupción y a delincuentes como Fujimori.
Al final la historia se encargará de colocar a cada cual en su lugar. Lo que sí queda claro es que en nuestro país el llamado a la reconciliación nacional luego de la violencia política está muy, pero muy lejos.
Al final la historia se encargará de colocar a cada cual en su lugar. Lo que sí queda claro es que en nuestro país el llamado a la reconciliación nacional luego de la violencia política está muy, pero muy lejos.
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11 de septiembre de 2009
Las maestrafas (maestría + trafa) de la Universidad

Conversando con un exalumno de la Universidad Nacional del Altiplano de Puno, me cuenta que él y sus compañeros se sienten decepcionados por la maestría que vienen siguiendo. A tal punto es su desilusión que ahora la llaman "maestrafa". Es decir, estos profesionales perciben que son estafados. Pero, verdaderamente es sólo la punta del iceberg de uno de los problemas más serios de la formación de postgrado en el Perú.
Recuerdo, con sincera desgracia, cómo en la citada universidad, los profesores con algún grado de maestría pugnaban ferozmente por hacerse de los cargos y de los cursos de maestría, con el único fin de obtener algunas horas de dictado y determinadas gollerías que la función permite. Se trata de un "chalaqueo" completo y de una "argolla" de amigos que cierran con todo. Las desafortunadas víctimas son los profesionales que se ven obligados a estudiar una "maestrafa" para acumular puntos en su curriculum vitae.
A nivel nacional, el problema es grave; pero más grave es en el interior de la República, donde no hay que ser adivino para darse cuenta que el nivel académico-profesional suele estar por debajo del promedio capitalino.
Así que la próxima vez que elija una maestría, tenga mucho cuidado en elegir una "maestrafa";aunque siendo sinceros, muchos profesionales sólo buscan un cartón de magíster y nada más. Y ante esa creciente demanda surgen las univesidades-negocio, las maestrías-negocio, controladas por autoridades-negociantes y con profesores mediocres.
Me entristece que tanta juventud sea mal formada, estafada finalmente. Y a todo esto ¿qué rol debería cumplir ese organismo imperfecto y disfuncional llamado Asamblea Nacional de Rectores?
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10 de septiembre de 2009
Trailer del documental Hanan Pacha de los hermanos Vallejo
Una vez más el clan Vallejo nos sorprende con una producción cinematográfica de calidad producida enteramente en Puno. Nuestro altiplano se aprecia majestuoso, olímpico, como cuna de los dioses. Aquí trailer y promo.
5 de septiembre de 2009
Más modernidad, menos maturaleza y cultura

Hoy en Somos, de El Comercio, Rafo León lo desliza claramente: "para el gobierno (aprista) lo que no está rindiendo divisas es capital muerto, es el banco de oro del mendigo, y es -por qué no sospecharlo- la oportunidad perdida para hacer buenos bisnes personales. La gran corrupción se alimenta muchas veces de la ideología del pragmatismo". Manuel Dammert ya lo dibujó claramente: son los tiempos de la República lobbysta. La época de lo negociadores de la riqueza del país: siempre fue así, dicho sea de paso.
Pero para entender toda esta maraña de situaciones me quedo con el pensamiento de Partha Chaterjee, pensador indio (de la India) que sostiene que en un mismo espacio y tiempo conviven tiempos heterogéneos, así que si existen peruanos felices en su modo de vida premoderno y sujeto a una econonía sana de sobrevivencia, ¡qué diablos tenemos que meternos e inculcarles, las supremas bondades de la vida consumista y capitalista! Como lo quiere con ardorosa insistencia, peruanos como Hernando de Soto.
En fin, ya de adulto me he dado cuenta que la modernización es para quien la desea y punto, y la vida postmoderna para quien también la aprecie; y por supuesto si alguien es feliz en un mundo de reciprocidad, intercambio y vida natural, alejado de la bulliciosa vida contemporánea, es su asunto también. Es decir, la tolerancia es precisamente respetar la diferencia, respetar las decisioens de cada quien, y en buena medida, valorar esa elección, porque es una elección soberana y de dignidad personal.
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4 de septiembre de 2009
La mina San Rafael: ejemplo de "nadie sabe para quién trabaja"

¡Qué duda cabe! Nuestra riqueza mineral es grandiosa. El Perú es el primer productor mundial de plata, el segundo productor de cobre y zinc y próximamente el segundo productor mundial de estaño sobre el planeta ¿Lo sabía? ¿Y qué? si esa riqueza no se revierte sobre el bienestar de las poblaciones directamente vinculadas a las zonas de explotación minera ¿Y qué ? si la legislación del sumiso Estado está hecha a la talla de las exigencias y lobbies de los grupos de poder ¿Y qué? si el hábitat y el ecosistema se destruyen día a día ¿Y qué? ¿Y qué? ¿Y qué? parece ser la reacción de muchos.
Como muestra un botón. La mina San Rafael en Puno, explota el 12% del estaño del planeta, casi segunda después de China, la inmensa nación-continente. La mina puneña explotada por Minsur del grupo Brescia, no es puneña, es limeña. Pues la constitución legal de la empresa se halla en Lima y la inmensa acumulación y riqueza de capital que ha generado durante décadas, abona impuestos en Lima. Pobrecitos los puneños ¿no? (¡Qué injusticia!)
La reserva comprobada de la limeñísima mina San Rafael (ubicada en Puno) es de 11 millones de TM de mineral. Algo más, el grupo Brescia ha construido a un costo de US $ 3o millones, una fundición de estaño en Pisco y recientemente ha efectuado millonarias inversiones en Chile. Es decir, el gran capital minero pisa, muerde, depreda y hace lo que le viene en gana (¡utilidades, utilidades!)
Esa lógica de la explotación minera es verdaderamente oscura. Succionan la riqueza mineral de la madre naturaleza (dejando a su paso un hondo daño ecológico y humano), la procesan y la venden enriqueciéndose astronómicamente. Y encima, las poblaciones aledañas a las zonas de explotación son vistas como especies subhumanas. Chequeando la página web de Minsur lo compruebo. ¿Se imaginan sus programas de responsabilidad social? De lo más alucinante: higiene y control de la natalidad para las esposas de sus trabajadores, vacaciones útiles que incluye un curso de modales. Y por supuesto, para que no piense que estas líneas son injustas: "respeto a la dignidad humana, tradiciones y medio ambiente de sus trabajadores y comunidades vecinas".
Con este post declaro mi rechazo a la actividad minera, toda actividad minera genera efectos negativos sobre la ecología. La minería, como actividad de la especie humana -no sé por qué vericueto psicoanalítico- la asocio con la violación, el incesto y la muerte lenta.
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19 de agosto de 2009
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