12 de abril de 2009

La poderosa y vigente mentalidad autoritaria en el Perú: ¡Fujimori vive!


Debo reconocer que por un momento pensé que la sentencia de Fujimori sería aceptada por la opinión ciudadana sin ningún contratiempo; pero ya vemos: la robusta mentalidad y práctica autoritaria se mantiene sólida y robustecida.

Esa experiencia denigrante de derivar al Amo las responsabilidades y sentirse un pequeño súbdito a la espera del orden "desde arriba" sigue flameando sus banderas en las "conciencias" individuales de muchos peruanos. Es sencillamente increíble cómo destacados líderes de opinión, políticos y gente común y corriente se suman al coro fujimorista que fustiga la sentencia en contra de uno de los más célebres dictadores latinoamericanos. Al parecer muchas personas se resisten a comprender el significado real de la vida democrática, de la prevalencia e imperio de la ley y el Estado de Derecho. No pocos peruanos sostienen que la transgresión a la norma es un dispositivo de vida cotidiana completamente aceptable y natural.

Algunas de las cavernarias reacciones frente al fallo condenatorio son verdaderos ejemplos de cómo se hallan instalados determinados valores en la psique individual y nacional. Es una vergonzosa evidencia de la fortaleza de la mentalidad autoritaria.

¿Cómo puede ser posible, cómo se explica o entiende que algunas personas no reconozcan la consistencia de un fallo completamente alineado a la norma? ¿Cómo puede ser posible que muchos peruanos crean que su voto redimirá y liberará a Fujimori? ¿Por qué tanto servilismo? ¿Por qué sigue siendo tan difícil vivir en democracia? Es cierto que las explicaciones se hunden en razones que la historia, la sociología y la psicología han repasado muchas veces...pero ¿cuánto más durará la precaria condición ciudadana que caracteriza al Perú?

En fin, es comprensible la modestia en los ciudadanos menos educados de la sociedad; pero sobrecoge y entumece saber que nuestras élites también carecen de sentido de ciudadanía, espíritu democrático, ubicación histórica y discernimiento elemental.

¡Qué desgracia tan deprimente!


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