16 de enero de 2009

El federalismo puneño: cáscara y máscara


La historia de la separación de Puno con respecto al Estado nacional peruano no es nueva, ni tampoco una novedad para los historiadores. Es más, como sostiene Jose Luis Rénique la historia de Puno es la historia de la atalaya desde la cual se comprende mejor el Perú y razón no le falta. Independientemente de la mancomunidad andina que significó el Tahuantinsuyo, durante la Colonia surge el primer germen de separatismo con los acaudalados hermanos Salcedo, una suerte de pugna entre el poder central y el localismo de los nuevos ricos. Al final murieron ajusticiados por el nefasto Virrey Conde de Lemos en 1668.
Otra idea separatista fue propuesta por el sacerdote Francisco Carrascón y Solá. El clérigo sostenía, con fundados argumentos, que Puno "era el emporio de una vastísima población indígena", se hallaba lejos de las capitales de los virreinatos españoles y que el centralismo virreinal afectaba con mayor fuerza al altiplano peruano. Es por ello, que en 1801 propuso la creación del Virreinato de Puno. No pasó de una curiosa propuesta.
La más sugerente separación de Puno fue con la Confederación Peruano Boliviana, genial idea del gran mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz. Esa corta experiencia confederativa dividió en tres estados los territorios de Perú y Bolivia, y se constituía en una formidable estrategia geopolítica que impedía las pretensiones expansivas de Chile. Pero, la Confederación duró 3 años nada más.

Otro tanto sucedió con la rebelión de Wancho Lima en 1923 que estableció la "República Aymara del Tahuantinsuyo" liquidada a sangre y fuego durante el gobierno de Augusto B. Leguía. Del lado de los célebres gamonales puneños, verdaderos íconos de perversión al interior del Perú, José Angelino Lizares es lo más cercano a Hernán Fuentes: propuso el sistema federal para el Perú pero sazonado con mágicos vínculos a la organización comunal. No pasó de un proyecto de ley desorbitado que favorecía al gamonalismo.

En nuestros tiempos otro descocado ha sido, y parece que nos olvidamos, el "cacique" Róger Cáceres Velásquez y su "Segundo Tahuantinsuyo" ("por eso marca el símbolo del chullo"). Mucho más cercana se encuentra la propuesta de autonomía regional de otro célebre misti, David Jiménez y su Nación Quechua Aymara. Y no falta quienes ahora mismo se suben al postmoderno carro de la autoafirmación indígena y sacan partido: se benefician.

Sea como fuere todo queda en palabras, desconocimiento de filosofía política, chacotería ideológica, superficialidad de ideas, aprovechamiento de las circunstancias y falsos sentidos de reivindicación. Dobleces por donde se le mire: máscara y cáscara, a la vez. Me pregunto ¿cuándo dejaremos de votar por charlatanes, feriantes, endulzadores del oído, gente que nos acaricia con sus alocadas ideas, pero que de sustento "cero balas"?

Me resisto y me resistiré a pensar que los grupos humanos tienen los líderes que se merecen; pero al parecer las evidencias son crueles, muy crueles y devastadoras.

A propósito, quién (¡Quién!) le sale al frente a Fuentes y propone una discusión seria y a profundidad -como debe ser- de los alcances y limitaciones de la reforma estatal, de una nueva forma de organización política, sobre la descentralización y el centralismo, la regionalización y el desarrollo.

No debería ser acaso la silente sociedad civil puneña, la ociosa comunidad universitaria, las legendarias organizaciones populares, los endebles colegios profesionales. La pelota está que rueda y nadie tiene la testosterona suficiente para poner las cosas en su sitio. O acaso se repetirá la frase inmovilista y mediocre de siempre: "déjalo que se desgaste solo". ¡Ay, Puno querido!

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