21 de noviembre de 2006

Elecciones y la tensión Lima-Provincias

Las elecciones regionales y municipales del domingo han sido una de las derrotas más escandalosas del centralismo, en todas sus manifestaciones imaginables. Anteriormente, ya lo experimentamos con la alta votación de Ollanta Humala, en la primera y segunda vuelta presidencial.

Esta vez los liderazgos locales y regionalistas de cada uno de los distritos, provincias y regiones del país se han hecho sentir sobre los partidos tradicionales o centralizadores. Trujillo dejó de ser bastión aprista, el Sur abandonó a Humala y en algunos casos se radicalizó y chauvinizó, y Lima reafirmó su condición moderna, centralista y de espaldas a lo que sucede en el resto del país (Es verdaderamente inimaginable suponer los aluvionales triunfos de manifestaciones políticas de derecha -como Unidad Nacional, Somos Perú o Renovación Nacional- en los distritos más pobres de Puno, Huancavelica o Ayacucho).

Por ello, este nuevo aguijón al centralismo del poder otra vez es un llamado de atención sobre los peligros de cabalgar sobre una visión mosaico, fragmentada e ingobernable: cruda y descarnada evidencia de nuestra división socio-cultural y económica. Divididos en estamentos, en cajones sociales, como si detrás de toda este maquillaje seguiríamos escondiendo las perversas castas que impuso el virreynato. Como si las provincias fuesen el lugar donde viven los hermanastros pobres que explotan la tierra, alejados del modo de vida capitalista y moderno. A veces, por desgracia, no falta razón.

Pero, las elecciones deben ser la magnífica oportunidad, ofrecida por esta cuerda estirada al máximo, para consolidar el proceso de descentralización como la estrategia inevitable que debe asumir el Perú, para consolidar liderazgos regionales con solvencia profesional, técnica y moral, para encarar con inteligencia sostenible los retos y paradojas del boom de explotación de los recursos naturales, para establecer proyectos de desarrollo que sirvan de modelo por la profundidad humana y productiva de sus resultados, para romper los cajones-estamento semifeudales que aún arrastramos, para dar ejemplo de gestión transparente en todas las áreas de la administración pública, para autogobernarnos con participación activa e informada de la población y sus organizaciones sociales, para superar los vergonzosos indicadores de calidad de la educación y los servicios de salud, para reaccionar con audacia y creatividad a los estímulos del desarrollismo vial, agroexportador , comercial o turístico.

Sí, la cachetada a la centralización del poder fue contundente, pero si sólo queda ahí abremos demostrado otra vez más nuestra inquebrantable capacidad de reclamo; pero nuestra tremenda carencia de capacidad técnica de dirección y planeación estratégica. Triunfadores y perdedores, más allá de festejar con soberbia o dolerse con envidia, deben saber que detrás del político provinciano, a diferencia del centralizador, laten la esperanza y los corazones sinceros de ciudadanos y ciudadanas que únicamente quieren oportunidades para construir su camino familiar y colectivo.

La tensión entre Lima y Provincias, al final de cuentas, es la herencia negra de nuestro enmarañado pasado que solo se resolverá –viéndolo como provinciano- trabajando con la amalgama de la que están hechas las grandes conquistas humanas: visión de futuro sostenida en valores cultivados y potencial humano estratégico.

1 comentario:

Maestre_de_Campo dijo...

La manera de solucionar el atraso de las provincias no es enfrentándose a los más avanzados, sino cooperando.
El camino que está iniciando Perú es un camino uqe ha demostrado, en los últimos 200 años, su capacidad para transformar una sociedad dinámica y avanzada en el siglo XVII en el fracaso que es en el siglo XXI.
La solución no está en más socialismo, la solución pasa por deshacerse del socialismo, precísamente.
Un saludo.