9 de septiembre de 2006

Siete consejos para todo Nuevo Profesional en el Perú

Fico Rosado, amigo y minero de la información, me envía un discurso de Felipe Ortiz de Zevallos, rector de la Universidad del Pacífico, en el que FOZ acierta con 7 consejos para todo nuevo profesional. Ahí va.

"Ya con dos años en el cargo de rector de la Universidad del Pacífico –durante los cuales he tenido la oportunidad frecuente de interactuar con muchos de ustedes, de conocer sobre sus dudas, sueños, inquietudes y esperanzas; incluso de enseñarles a algunos en clase– voy a atreverme, en esta ocasión, a hacer un discurso menos institucional y ceremonioso, más íntimo y personal, menos de rector y más de maestro y amigo mayor.

¿Qué consejos podría yo darles antes de que, al bajar esta escalera, se conviertan ustedes, ya sin mayor escudo protector, en adultos plenos? ¿Qué recomendaciones puede ofrecer finalmente un tío de otra generación, que más que los duplica en edad, a ustedes jóvenes que inician su vida profesional en el complejo Perú del año 2006, país nuestro que, a quince años de su bicentenario como república, sigue afectado severamente por los males que Basadre diagnosticó hace más de medio siglo: el abismo social y un estado empírico?

He querido resumir mis reflexiones dispersas en siete consejos centrales. Quiero reiterar que estas recomendaciones son mías, de FOZ, no necesariamente del rector de la Universidad del Pacífico. No pretendo cargarle a nuestra institución la responsabilidad de que a alguno de los presentes le pueda parecer un disparate lo que voy a decir a continuación.

Aunque no hay un orden de prelación en los consejos que les voy a dar, quiero empezar con uno que puede sorprenderles un poco: Deténganse, de vez en cuando, a oler las flores. Por más de un lustro, ustedes se han sacrificado estudiando con mucho esfuerzo para egresar de carreras que buscan lograr una asignación más racional y eficaz y una gestión más eficiente de recursos escasos, con el fin de satisfacer necesidades y generar rentabilidad empresarial y bienestar social. Ello se logra a través de números y cuadros, de mejores productos y servicios, que sean más baratos, más rápidos y más seguros. Las herramientas profesionales que les hemos enseñado pueden servir bien para eso. Pero hay otras cualidades más difíciles de medir: la belleza, la alegría, el significado y la motivación vital. Para mantenerse sensibles a ellas hay que, de vez en cuando, detenerse para oler las flores, o para ver, en silencio, una puesta de sol.

El segundo consejo me salió fácil: Vean menos televisión y lean más libros. El profesional promedio entre ustedes va a ver, en lo que le queda de vida, cerca de 40,000 horas de televisión. Si le pidiéramos al profesor Carlos Gatti –aquí presente– una lista de los 40 mejores libros de la literatura universal, excluyendo incluso aquellos de cultura erudita, para concentrarla en aquellos que nos puedan servir utilitariamente para entender mejor la complejidad de la naturaleza humana –a esas mujeres y hombres con los que ustedes van a interactuar en la vida, en la economía y en los negocios– (y de yapa le pidiéramos cuáles considera que son las 20 mejores obras de la música clásica), apostaría a que los más ilustrados entre ustedes pueden haber leído u oído apenas una cuarta parte. Pues bien, con dedicarle a esas lecturas y audiciones, un 5 por ciento del tiempo que probablemente dedicarán a ver televisión, se convertirán, no me cabe duda de ello, en profesionales más eficaces, así como en mejores personas.

Ustedes pertenecen a una generación de aparatos y conexiones: celulares, computadoras, laptops, iPods, Internet, Google, blogs. Con todas estas herramientas, ustedes pueden acceder y bajar de la red abundante información y conocimientos sobre muchas disciplinas. Pero las cualidades que van a requerir, por ejemplo, para ayudar efectivamente a un amigo en un momento difícil, o para escribir una canción o un poema, o para imaginar un descubrimiento o innovación en los proyectos en los que se vayan a comprometer, todavía hay que ganarlas a pulso. De la Internet, no se puede "bajar" ni "descargar" inteligencia, ni pasión, ni creatividad, ni sabiduría. Tampoco puede uno inyectárselas como si fueran una droga milagrosa. Esas cualidades hay que cultivarlas a la antigua: leyendo, conversando en un parque, estudiando, viajando, visitando museos, reflexionando.

Mi tercer consejo es: "No acepten aquellos signos de estatus cuyo valor no reconozcan." Lo he fraseado así, influenciado por un libro reciente de Alain de Botton titulado: Ansiedad por el estatus, que describe bien cuán cambiantes han sido, en el tiempo, los modelos paradigmáticos del prestigio en las sociedades: En la Esparta del siglo IV a. C. había que ser un hombre, agresivo y luchador, con un voraz apetito sexual –bisexual en realidad– poco interés en la vida familiar y aversión a los negocios y al lujo. El guerrero espartano no sabía ni contar, vivía en una barraca, nunca usaba dinero, ni expresaba cariño a mujeres ni hijos. Posteriormente, en la Europa posterior a la caída del Imperio Romano, fueron los santos cristianos –castos y pacíficos– los modelos principales a emular. Luego, en la primera mitad del segundo milenio, a partir de las cruzadas, los caballeros con armadura, enamorados fieles de lejanas doncellas vírgenes, se convirtieron en los seres más admirados.

Con la acumulación de riqueza –en la Inglaterra de 1750, por ejemplo– saber bailar y el donaire con el cual se saludaba con el sombrero se volvieron más importantes que pelear batallas para ser respetado. El caballero de armadura se transformó en gentilhombre, en terrateniente aristócrata, en gentleman, quien debía sí distinguirse de la casta inferior de empresarios y mercaderes. En nuestra América, en la tribu de los cubeos en la Amazonía, hasta hace poco, las mujeres cultivaban yuca y los hombres se dividían entre pescadores y cazadores. El estatus máximo lo alcanzaban aquellos hombres que hablaban poco, que no bailaban ni participaban en la crianza de los hijos, pero que eran especialmente diestros en la caza del jaguar. Al cuello llevaban, en múltiples collares, los dientes de todos los jaguares cazados por ellos durante sus vidas. En Hawai, en aquellas tribus que no aprendieron a conservar, la gordura era una expresión de estatus porque las familias terminaban comiéndose todo lo que cosechaban. Y si trajéramos en el túnel del tiempo al mejor de los guerreros espartanos, a un santo medieval, a un caballero de lanza, a un lord inglés, a un jefe hawaiano de 180 kilos, y a otro amazónico cargado de collares de dientes de jaguar, difícilmente apreciaría cada cual las virtudes y los valores de los demás.

En el mundo globalizado de hoy –afirma de Botton– el mayor estatus lo logran tanto hombres como mujeres, de cualquier raza, que hayan logrado reunir dinero, poder y renombre a través de su propia actividad (no tanto mediante herencia) en una de las múltiples manifestaciones del mundo comercial (incluyendo también el deporte, el arte y la investigación científica). Se valora mucho la creatividad, la energía, el sentido de oportunidad. Pero hay otros valores tan o más importantes –como la bondad, la integridad y la lealtad, por ejemplo– que han perdido alguna relevancia para el prestigio social.

Por ello, deben ser conscientes de que cualquier paradigma, cualquier moda, no sólo resulta simplista sino que también puede resultar injusta, y que muta en el tiempo. Por ello, no deben aceptar criterios ajenos de valoración que ustedes mismos no reconozcan como válidos.

Alejandro el Magno, el hombre con más poder de su época, quiso conocer a Diógenes, el filósofo, cuando estuvo de paso por Corinto; no sé cuantos de ustedes conozcan la anécdota. Según Platón, Diógenes era "un Sócrates que se había vuelto medio loco". Lo encontró debajo de un árbol, en harapos, sin una moneda. Le preguntó que podía hacer para ayudarlo. Y, al hombre más poderoso de la Tierra, Diógenes le respondió: "Arrímese, que me tapa al sol." Los oficiales se horrorizaron de la eventual insolencia, pero Alejandro sonrió y comentó que de no ser él quien era, le habría gustado ser Diógenes. Éste, en otra ocasión, salió por Atenas con una lámpara buscando un hombre. Pero si la ciudad está llena de ellos, le dijeron. No –les respondió– yo busco uno que viva por sí mismo. Vivir por uno mismo resulta una mejor manera de afirmar que no hay que darle relevancia a las modas del prestigio. En sus Meditaciones, el emperador Marco Aurelio afirmaba: "Tu decoro no depende del testimonio ajeno. ¿Acaso mejora lo que es alabado? ¿Acaso empeora una esmeralda si no es elogiada? ¿Y qué decir del oro, del marfil, de una flor o de una pequeña planta?"

Mi cuarto consejo es: Recuerden que siempre habrá una verdad mejor a la que tengan. Los sabelotodos que van por el mundo presumiendo de todas las respuestas que supuestamente conocen, muchas veces ni siquiera se han dado el trabajo de cerciorarse si se han hecho las suficientes preguntas. Una reflexión muy inteligente define la libertad como no estar nunca muy seguro de estar en lo cierto. La verdad nos hará libres, eso no lo discuto. Pero a ella sólo se llega con humildad y buena onda, no a través de la acumulación de doctrinas o estadísticas copiosas, sino con el coraje para confiar en nuestra propia capacidad de observación, de comprensión y de raciocinio.

Un quinto consejo es: Aprendan de sus fracasos. La mejor pregunta que puede hacer un empleador en una entrevista a quien está buscando trabajo es: "¿Cuáles han sido los principales fracasos de su vida y que aprendió de ellos?", porque muy rara vez la carencia de fracasos es una señal de excelencia. Suele ser, más bien, una expresión de excesivo temor, de poca ambición, de intolerancia al riesgo. El carácter que ustedes finalmente logren moldear en sus vidas no va a manifestarse tanto en función de cómo reaccionen ante sus éxitos, de los cuales van a tener varios, sino de cómo actúen ante sus fracasos, que tampoco van a faltar, y cuánto sepan realmente aprender de ellos. "Fracasos I" no es, lamentablemente, un curso que dictemos en la Pacífico. Pero es fundamental aprenderlo en la universidad de la vida, porque en tales momentos hay que saber mantener la confianza en uno mismo, así como el compromiso con la verdad, con el aprendizaje continuo, con la excelencia. Y excelencia, por cierto, no significa lo mismo que éxito.

Cuando recuerdo mi promoción universitaria, y me pregunto: ¿quiénes destacaron más en la vida?, constato que no ha sido tanto la inteligencia lo que ha importado más –siendo la inteligencia una cualidad que la universidad resalta–, sino la voluntad, la serenidad, la persistencia, el esfuerzo sostenido, el no bajar la guardia, el no rendirse nunca.

El penúltimo consejo que quería ofrecerles es: Mantengan un saludable escepticismo, pero rechacen el cinismo. El escepticismo implica preguntar, cuestionar, dudar, no ser un ingenuo, pero estar siempre abierto a los demás, a las nuevas ideas, a las evidencias más recientes, a los últimos puntos de vista planteados. El cinismo, en cambio, implica creer que uno ya tiene todas las respuestas, cuando muchas de ellas, en realidad, probablemente estén preñadas de prejuicios. El escéptico dice: "No creo que eso sea cierto; déjame chequearlo." El cínico, en cambio, afirma: "Eso no puede ser cierto. Yo lo sé."

Y mi último consejo es: Descubran maneras de recargar el entusiasmo por lo que hacen. La palabra entusiasmo tiene origen griego. Probablemente a un monoteísta –judío, cristiano o mahometano– le hubiera parecido blasfemo inventar una palabra así. Para los griegos que eran politeístas fue más fácil, porque la palabra significa "tener un dios dentro de sí". La mayoría de los niños lo tienen, y con la edad uno muchas veces lo pierde. Busquen maneras de alimentarlo y recargarlo continuamente.

Mark Twain decía que uno debería trabajar como si no necesitara el dinero. Ello se logra enamorándose del trabajo que uno realiza o, mejor aún, buscando un trabajo del cual se pueda uno realmente enamorar, uno en el cual sientan que no sólo logran sus objetivos personales, sino que contribuyen, también, con esta sociedad en la cual ustedes son, no lo olviden nunca, unos privilegiados. Pocas cosas hay mejores que ir con ganas a trabajar los lunes en la mañana porque hace algún sentido lo que uno hace.

Formar buenos profesionales en administración, contabilidad y economía no constituye la aspiración central de la Universidad del Pacífico; también aspiramos a que nuestros egresados asuman un liderazgo y se conviertan en agentes de un cambio que potencie el progreso de nuestro país.

Winston Churchill tenía una definición del liderazgo muy consecuente con todo lo que les he venido diciendo esta noche: liderazgo –decía– constituye el arte de avanzar, de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo.

Así que esas son mis recetas centrales para la vida que hoy empiezan; tal vez algún día podré escribir un libro explicándolas mejor: deténganse, de vez en cuando, a oler las flores; vean menos televisión y lean más libros; no acepten aquellos signos de estatus cuyo valor no reconozcan; recuerden que siempre habrá una verdad mejor a la que tengan; aprendan de sus fracasos; mantengan un saludable escepticismo, pero rechacen el cinismo; y descubran maneras de recargar el entusiasmo por lo que hacen.

Aquí concluyo. Felicitaciones a todos y buena suerte. Ahora, con entusiasmo, pueden partir."

Felipe Ortiz de Zevallos M.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tengo dudas sobre lo que FOZ señala como "cinismo", lo entendería como "arrogancia" o tal vez "autosuficiencia".