31 de octubre de 2011

Grados académicos, los modernos títulos nobiliarios




En el medio en el que me desenvuelvo, como profesor de universidad pública en el Perú, he atestiguado insistentemente el desproporcionado valor simbólico y real que se otorga a los grados académicos de doctor y/o maestro como etiquetas de prestigio, distinción ante los demás y superioridad contundente. Tal vez mi testimonio personal podría servir de comprobación. Luego de concluir mis estudios de doctorado, retorné a la pequeña ciudad peruana donde trabajo, Puno, a más de 3800 msnm. Una vez en mis funciones, súbitamente los trabajadores administrativos que durante años me trataron como "profesor Eland" e incluso mi nombre a secas, ahora me llamaban "doctor". Les reproché cortés y alegremente el cambio, pero argumentaron que lo hacían por respeto, que "a algunos les gusta" ser tratados así y propiamente que ya no era el mismo.

Para acrecentar mi incertidumbre, me iba encontrando con alumnos antiguos y dale con lo mismo. Ya no era su profesor de hace tantos años, ahora estaba en otra dimensión, había adquirido un status diferente y superior. Por mi parte de nada servían mis aclaraciones y pedidos por un trato horizontal y amical, sencillamente dejé de ser profesor universitario.

En un arrebato de desesperación empecé a plantear en clases que las personas no valemos por el grado académico obtenido en los estudios de postgrado, inclusive desafié a mis alumnos para que descolonicen sus mentes y simplemente me digan Eland. Uno de los alumnos, dentro de los más sensibles del salón, me dijo que no lo podía hacer y no lo iba ni siquiera a intentar, pues a él le habían enseñado desde pequeño a "respetar" a sus "superiores" y que yo no estaba a la altura de él. Me desesperé más y apliqué una sencilla estrategia pidiendo los DNI de todos los asistentes, saqué el mío y lo mezclé entre todos; dediqué minutos a la perorata de la herencia colonial, al imaginario colonial y la tutela autoritaria. Pero era imposible, yo seguía siendo "el doctor", ya no era el profesor de antaño.

Con el tiempo comprendí que estaba arando en el desierto, que mis alumnos más bien se sorprendían de mi (supuesta) falsa modestia.¿Estaba loco pidiendo semejante aberración de igualdad básica? Recordé mi propia experiencia y encontré en el pasado algunas pistas. Cuando era alumno de la Facultad de Derecho de la universidad pública de mi ciudad natal, Arequipa, todos los abogados eran "doctores", hasta ahí algo normal en el Perú. Pero cuando iba en las noches a mis clases de Periodismo, en la universidad privada, los profesores eran "Victor", "Raul", "Pepe"; pero había uno que había alcanzado un doctorado (no sé dónde y de qué) y cuando la delegada de clases (bellísima morena descendiente de Rosa Noguera) le dijo "profe", el pequeño profesor de Sociología le aclaró bruscamente que "era" doctor y que debería "aprender a tratar a las personas".

En fin, los grados académicos para algunos se alcanzan con la finalidad de prestigiarse como personas ante los demás, para ascender en el imaginario status de una pirámide cruelmente desigual y discriminatoria. Es decir, algunos de los profesionales que conozco con grado de doctor, son modernos príncipes, duques, condes o marqueses dependiendo de cuán lejos tuvieron que viajar para alcanzar ese título de nobleza.

Escribo estas líneas porque alguien, muy querido para mí, me alentó a plasmar mis ideas sobre el asunto.